ES CON TODXS O NO ES

Por Micaela Cuesta (IDAES, UNSAM/IIGG, UBA)* Doctora en Ciencias Sociales

En medio de un escenario regional convulsionado –levantamientos contra el presidente ecuatoriano Lenin Moreno por el acuerdo con el FMI, rebeliones populares masivas contra el Chile de Piñera, hasta entonces cita obligada del “éxito” del modelo neoliberal, más de una semana de protestas ininterrumpidas en Haiti– se impuso en Argentina la fórmula Fernández-Fernández del Frente de Todxs en el que convergieron las distintas expresiones de ese movimiento político tan singular denominado peronismo. Esta atmósfera de protesta, sumada al nuevo (y resistido) triunfo de Evo Morales en Bolivia y a la consolidación de AMLO en México, ha llevado a algunos analistas y periodistas políticos a hablar de “fin de ciclo neoliberal”, como antes lo hicieran respecto del “fin de ciclo progresista”. Otros, se inclinan por el lenguaje del “giro” e imaginan un “giro a la izquierda” que contrarrestaría las tendencias recientes de los “giros a la derecha” reflejado en los rostros de Bolsonaro y antes, en el “más amigable” de Mauricio Macri, versión criolla de los postfascismos europeos.

La derecha vernácula, por su parte, teje teorías conspirativas y sugiere que todas estas noticias que inundan al cono sur tienen un “tufillo cubano” –como dijo el candidato a vicepresidente del todavía presidente Mauricio Macri–. Se quiere azuzar al fantasma del comunismo en nuestros territorios, fracasada la operación del fantasma del populismo, para sembrar el temor de un Maduro que se multiplicaría en la región y vendría a confiscar no sólo nuestros bienes sino también las esperanzas de una “vida bien” bajo el capitalismo imperante. Un episodio de esta operación lo sufrió el candidato a gobernador ganador de la Provincia de Buenos Aires del Frente de Todxs (FT), Axel Kicilof, a quien se lo acusó de marxista promotor de la “narcoeducación”. Otros, no tan creativos como la actual primera dama chilena (alucinada por la “invasión alienígena”), explican el voto al FT en Argentina con argumentos de anticuario: clientelismo, inmadurez política, insuficiencia mental por mal nutrición, entre los más benévolos.

Lo cierto es que desde ninguna de las dos orillas se esclarece el panorama. El lenguaje “del fin”, de los “ciclos” y los “giros” confunde la ocasión electoral con el acontecimiento político, como si cada cambio dictado por los turnos de la democracia formal encontrara su correlato en transformaciones en las subjetividades y en la construcción del lazo social. Estas interpretaciones rápidas, realizadas al calor de la coyuntura, no atienden además a aquellas corrientes subterráneas que orientan las acciones y movimientos sociales en nuestro continente y cuya estructura temporal es heterogénea respecto del calendario electoral. Las explicaciones de la derecha, a su vez, más próximas a la ciencia ficción que a la sociología, confiesan en su frondosa imaginación su mayor y auténtico terror: la proximidad de les otres, les de abajo; el temor a ser invadidos por sus demandas y ver, luego, afectados sus sedimentados privilegios.

Pero, sobre todo, lo que ambas perspectivas dejan sin explicar es la producción de esas subjetividades precariascocidas a fuego lento desde las primeras experiencias neoliberales en América Latina hacia fines de los años ‘70. Muchas de las cuales requirieron de la intervención militar y, ahora sí, de la conspiración extranjera (en especial de EEUU) para implementar un modelo económico basado en la privatización de bienes públicos, la apertura de los mercados (contracara de la desindustrialización), la especulación financiera y la doctrina de un individualismo extremo. Recuerdo este capítulo de violencia institucional, política, social y económica que se replicó en nuestros países, porque lejos de pertenecer a nuestro pasado es por demás actual. Pues en gran medida, Bolsonaro en Brasil y los tanques militares en las calles de Chile reprimiendo hoy, son posibles también por las modalidades deficitarias que encontraron esas sociedades y sus instituciones para lidiar con las experiencias del terrorismo de Estado.

La diferencia que signa al caso argentino, si bien nos salva de una Constitución que se remonta a la dictadura o de las declaraciones públicas de loas a ex represores militares, no nos mantiene a resguardo de los efectos del neoliberalismo y de la proliferación de los discursos de odio –propios de un autoritarismo social– inescindibles de él. El neoliberalismo, como proyecto, se montó en nuestra historia reciente sobre la eliminación de una parte de la sociedad y, tiempo después, sobra la producción de la idea de que una parte de ella era y es prescindente. Las figuras de esxs otrxs cuya muerte no merece ser llorada –parafraseando a Judith Butler– asume distintos rostros: son las mujeres y las identidades disidentes; son los negros; son los inmigrantes que amenazan con llevarse lo que es “nuestro”; son los pobres “que viven del Estado” y “nos esquilman a nosotros, los productores de riqueza”.

En este sentido, y retomando el análisis del panorama poselectoral en la Argentina, podríamos decir que lo que queda al descubierto con estas elecciones es, en primer lugar, que las explicaciones “marxistas” clásicas tiene aún cierta vigencia, pues la distribución del voto en el mapa argentino así lo demuestra: las zonas donde el voto macrista fue mayor son las de más intensa actividad sojera, donde se concentra la mayor parte de la riqueza del país, mientras que el proyecto opositor se quedó con el grueso de las provincias del norte, el gran Buenos Aires y el sur del país. No obstante, aunque vigente, esta explicación se revela, en segundo lugar, insuficiente, en la medida en que muchos de los que se vieron seriamente damnificados por las políticas macristas de estos últimos cuatros años (el salario promedio se depreció en un 25%, la desocupación trepó a los dos dígitos, los servicios básicos se encarecieron en algunos casos en más del 200%, etc. etc.) no se volcaron, como uno tendería a creer, proporcionalmente hacia la dupla FF.

Para dar cuenta de la complejidad del fenómeno social en esta trama político electoral es preciso recurrir a conceptos y categorías socioculturales y a elementos de una crítica de la ideología capaces de volverlo inteligible. La hipótesis de una precarización creciente de las subjetividades parece ser una de las más plausibles. Precarización de las formas de trabajo, de los modos de vida, de los lazos sociales. Una precarización que, al tiempo que subordina el potencial de emancipación que pudiera guardarse en el reconocimiento de nuestra fragilidad e interdependencia, exacerba la creencia en la autosuficiencia y la omnipotencia de cada quien. Esta creencia subyace a la lógica meritocrática neoliberal que, mediante la moralización del fracaso, vuelve culpable y responsable a los que menos tienen de su miseria (negando que están siendo desposeídos y excluidos de modo activo y específico por este modelo económico social).

La inseguridad experimentada en virtud de estas condiciones cada vez más precarias de vida es tramitada, en muchos casos, a través de una sobreactuación de la fuerza. Quienes apenas puedendesprecian a los que pueden aún menos y los que están en mejores condiciones ven amenazadas sus posiciones por esa masa cada vez más nutrida de pauperizados “por voluntad propia”. Bajo este neoliberalismo queda demostrado que no es cierto que una sociedad cuanto más desigualitaria es más revolucionaria se torna. Más bien pareciera ser lo contrario: cuanto más desigualitaria más reaccionaria deviene. O bien, es ese carácter “reaccionario” forjado a la sombra de los tiempos largos de reconocimiento de derechos “de los de abajo”, el que clama y torna viable la creciente destitución de esos mismos derechos. En todo caso, de lo que no podemos dudar, es de los procesos de desdemocratización que resultan de allí.

Lo que parece estar en juego, luego, no sólo es la consolidación de un voto de derecha en un sector muy importante de la sociedad que enarbola su “derecho a odiar”, sino también la frágil chance “revolucionaria” de revertir los estragos producidos por una política neoliberal recrudecida durante los últimos cuatro años, y alimentada de las huellas dejadas a partir de los ‘70 en nuestras subjetividades y sociedades de forma casi ininterrumpida. El FT ganó con interpelaciones a la producción de una mayor igualdad, llamando a la urgencia de paliar ya no la pobreza sino el hambre, postulando la “utopía” de un mundo con más justicia y dignidad. De lo que se trata, en suma, es de hacer valer la promesa “de una vida buena” contra el privilegio de algunos pocos de “vivir bien”.

¿Cómo lograrlo? Como dicen los futuros mandatarios recién electos, con “todos” adentro, con los movimientos de derechos humanos, con los sindicatos, con los movimientos feministas, con las agrupaciones de desocupados, con los medianos y pequeños empresarios, con los comerciantes, con les trabajadores, con el mismo campo e incluso con parte de la oposición. Sólo de ese modo podrá neutralizarse el poder de los abanderados del “odio” ocultos tras las insignias patrias que Macri supo recoger.

 

(*) IDAES – Instituto de Altos Estudios Sociales | UNSAN – Universidad Nacional de San Martín | IIGG- Instituto de Investigaciones Gino Germani | UBA – Universidad de Buenos Aires