Leonardo Granato (ODELA)*

En momentos como el actual, en que gobiernos conservadores cuestionan la viabilidad práctica, las implicaciones y consecuencias del modelo ampliado de integración que se ha venido construyendo en los últimos quince años (a partir, principalmente, de los nuevos contornos asumidos por el Mercosur y del surgimiento de la Unasur), asumimos como punto de partida de este texto el desafío de comprender los rumbos y particularidades de estos procesos en la periferia latinoamericana, especialmente en Nuestra Sudamérica, y pretendemos formular algunas inquietudes y reflexiones en ese sentido.

De forma preliminar, partiendo del carácter “interdisciplinar, trascendental e intergeneracional” de la integración en América Latina (ARMESILLA CONDE; PÉREZ-GAÑÁN, 2017), reafirmamos la necesidad de emprender la tarea crítico-reflexiva propuesta anteriormente reconociendo que el desarrollo de un pensamiento sobre integración regional en nuestro continente (lo que puede extenderse para las ciencias sociales y para las más variadas áreas del saber en general) estuvo signado, en gran medida y a pesar de honrosos esfuerzos críticos, por el colonialismo-eurocentrismo y por la filosofía del positivismo científico. Los impactos del primero no precisan de una sofisticada argumentación. Me valgo simplemente de las palabras de Jauretche (1973) con relación a lo que llamó de “trampa” de la pedagogía colonialista: “Impedir el desarrollo de nuestra cultura y barnizar al mismo tiempo el país de una apariencia cultural; desvincular la cultura de la vida concreta, para que sea un ‘adorno’, una decoración de ‘pega’ que oculta y hasta impide obrar a los factores verdaderos de la realización cultural desde su base propia y necesaria”.

Palabras tan límpidas que van al punto: la importación acrítica de conocimiento nos impide reconocer nuestra propia historia, lo específico, lo peculiar de nuestra región, nuestra posición en la periferia de la geopolítica mundial. El hecho de “espejarnos” en la propia integración europea, o bien en el modelo anglosajón de integración económica, atenta contra las posibilidades de consolidar un pensamiento propio, consciente y racional sobre integración regional en tanto proceso político, histórico y territorialmente contextualizado; pensamiento propio ese que tiene como base honrosas contribuciones genuinamente latinoamericanas que, desde mediados del siglo pasado, y antes también, buscaron discutir nuestros problemas y desafíos con relación a un sistema de dominación y acumulación que viene propagando cada vez más pobreza, desigualdad y opresión en todo el mundo.

A su vez, el paradigma cientificista y de la racionalidad instrumental ha garantizado la prevalencia en nuestro medio de una perspectiva “reduccionista” de la integración regional, restringiéndola a su dimensión económica, presentándola como una “fórmula” de mero cálculo, y no como un verdadero proyecto de poder de naturaleza multidimensional que no puede ser analizado desde una única disciplina del conocimiento. Las grandes discusiones “económicas” han predominado en el campo de estudios, así como la idea de una integración pretendidamente “automática” y “técnica”, centralizada en términos gubernamentales, orientada a la liberalización del comercio y desregulación financiera, y alineada a los grandes centros hegemónicos del sistema internacional. Sin negar la importancia que el campo económico asume en esta cuestión, no podemos dejar de afirmar que la discusión sobre integración ha aparecido (y aún aparece en muchos casos) “desconectada” de aquellos grandes temas considerados como “no económicos” escondiendo que, como decía Graciarena (1967), “los nudos más complejos que habrá que desatar para lograr la integración no son exclusivamente económicos sino más bien políticos”.

Una reflexión crítica y periférica de la integración regional debe considerar entonces la naturaleza compleja y multifacética de la misma que, como fenómeno estatal, expresa las propias contradicciones y conflictos inherentes al Estado capitalista que la impulsa. O, dicho de otra forma, la discusión sobre la integración y sus “finalidades” debe pasar por la comprensión, lo más totalizadora que sea posible, de la naturaleza de la dinámica estatal jerárquica y desigual, en las esferas interna y externa.

¿Qué se quiere integrar y para qué? ¿Es la integración concebida como un factor de cambio de la estructura desigual de nuestras sociedades latinoamericanas? ¿Es la integración pensada y puesta en marcha para dar un cierto grado de unidad y autonomía política y económica a nuestros países?

Pensar estas cuestiones fundamentales requiere de marcos teórico-metodológicos para estudiar de qué forma el propio Estado, en tanto forma de organización social que garantiza el modo de reproducción capitalista, ha contribuido para garantizar la vigencia de las dinámicas de dominación social y de los distintos proyectos hegemónicos implantados en la región.

Entender las propias contradicciones de la forma-Estado capitalista y periférico nos puede dar las herramientas necesarias para intentar entender la “conflictividad” de la integración, producto del propio Estado burgués que la organiza, al tiempo que organiza la dialéctica de clases sociales que se produce en el seno de este, abarcando los más diversos actores implicados en el proceso de integración.

¿Cómo entender los intereses en conflicto en los procesos integracionistas sin “mirar” hacia las contradicciones nacionales? ¿Cómo entender los “modelos” asociativos en pugna sin estudiar los intereses de clases, fracciones de clase, grupos y otros actores diversos, sintetizados contradictoriamente en el seno del aparato estatal que formula e implementa la política pública o, mejor dicho, política estatal, de integración? ¿Cómo entender las “oscilaciones” y las “reformas” de la integración en nuestra Sudamérica sin referirnos a un contexto más amplio de crisis de acumulación en el capitalismo mundial?

La discusión sobre la variante periférica y latinoamericana del Estado capitalista tiene mucho a aportar acerca del papel del Estado en la integración regional. Como decía Torres Rivas (1987), pese a la primacía de lo político-estatal en la historia del desarrollo económico latinoamericano, el Estado no ha logrado sino expresar una débil autonomía con relación a la fuerza de los intereses privados, registrándose, en otras palabras, una suerte de “desajuste estructural” entre las funciones que desde la política del poder y el manejo de la economía el Estado debe desempeñar. En el mismo sentido, Evers (1989) también afirmará que, en las sociedades periféricas, la función organizadora del Estado nacional se mantiene en el ámbito político, pero se pierde en gran medida en el ámbito económico, no pudiendo infligir el propio esquema de acumulación y reproducción capitalista. Por ello, históricamente las posibilidades de “intervención”, en los moldes burgueses, fueron limitadas y subordinadas a los ciclos del capital internacional, no constituyendo de modo alguno, en los términos de Rajland (2012), “intentos de alternativizar la hegemonía del capital”.

En función de lo discutido, cabe que nos preguntemos en qué medida y a partir de cuáles presupuestos pensar los posibles márgenes de maniobra de nuestros países, rezagados, para implementar procesos de integración y desarrollo desafiantes de la estructura económica y política capitalista.

Ya hacia finales de la década de 1960, Kaplan (1969) afirmaba: “un balance del camino recorrido hasta la fecha permite afirmar que ninguna de las dos experiencias de integración latinoamericana en marcha (…) poseen un dinamismo inherente que garantice automáticamente un progreso ininterrumpido”. Por su parte, en la década del ‘80, Puig (1980) también afirmaba: “los procesos de integración latinoamericana necesitan urgentemente una reapreciación. Por diversos motivos, las integraciones (…) han fracasado”. Actualmente, al referirnos al Mercosur y a la Unasur nos preguntamos acerca de si estamos ante un “fin de ciclo” o de un “paréntesis” en la región (RACOVSCHIK; RAIMUNDI, 2016).

De esta forma, retomando nuestra indagación acerca de los márgenes de maniobra: ¿Será que nuestros procesos de integración fracasaron realmente, en términos de desafiar el orden desigual vigente y en alcanzar mayor autonomía? ¿O será que fueron “exitosos” al contribuir en asegurar una hegemonía del lado del capital internacional? ¿Cuáles fueron sus “verdaderos” objetivos por detrás de las diversas iniciativas que se sucedieron históricamente? ¿Cuál ha sido el papel de las burguesías, particularmente de aquellas fracciones vinculadas al capital externo, en plantear estrategias propias y diferenciadas de inserción en el mercado mundial?

Como decía Puig (1980), “la integración es instrumental y su sentido dependerá del objetivo que se fije”, o, dicho de otra forma, estamos ante una categoría relacional y que está en disputa. En ese sentido, la integración tiene muchos sentidos posibles y ofrece, por lo tanto, un vasto campo de alternativas donde es necesario “elegir”, y esta “elección” solo será posible acudiendo a sistemas de valores, esto es, a ideologías. El problema está, consecuentemente, en saber quién decide en el aparato del Estado y a los intereses y valores a los que responde tal decisión.

De forma abstracta e ideal, Kaplan (1969) describirá, de forma clara y sucinta, los dos modelos clásicos de integración en la región que, podemos afirmar, representan de alguna manera las “alternativas” en pugna a las que hacíamos referencia anteriormente, que no solo dependen de la totalidad formal a conformar sino también del modo en que dicha integración se realice.

En primer lugar, dirá Kaplan, el proceso latinoamericano puede continuar presuponiendo la subsistencia y el funcionamiento de un sistema de propiedad, iniciativa y ganancia privadas, el libre juego de las fuerzas de mercado y la situación de dependencia externa y rechazando cambios sociales profundos. En este contexto, prevalece la idea de un tipo de integración que tiene lugar en el interés, por el impulso y bajo el control de las grandes corporaciones multinacionales (sumándose, actualmente, el capital especulativo). Se cumple de acuerdo con un esquema de una división internacional del trabajo que se elabora “en” y “para” beneficio de la metrópolis, privilegiando ciertas clases sociales, ramas económicas y regiones, en desmedro de las restantes. La hegemonía de los países centrales se ejerce cada vez más sobre los sectores claves y resortes básicos de la economía, sobre los aparatos más importantes de producción, comercialización y financiamiento, sobre las poblaciones y los mercados, sobre la selección, la elaboración y el uso de la ciencia y tecnología. El resultado es una integración cumplida “desde afuera” y “desde arriba”.

Ya una integración “alternativa”, según Kaplan (1969), exige la elaboración y ejecución de una estrategia que sirva a un modelo concreto, basado en una concepción integral de desarrollo e integración que abarque los más variados aspectos (económicos, sociales, políticos, culturales, ambientales, etc.), a cumplirse “desde adentro y desde abajo”. Integración esta que debe comenzarse por cumplir el análisis y el diagnóstico de los problemas que se enfrenta, la formulación y ejecución de soluciones ajustadas a las realidades propias y a las condiciones específicas de los países de la región, con pautas originales y sin imitación de fórmulas importadas. Ello implica un “plan” cuya justificación se reduce, en última instancia, a la creación de estructuras económicas, sociopolíticas y culturales que satisfagan con la mayor plenitud posible las crecientes necesidades de las camadas populares de la población, y garanticen la expansión de sus capacidades, creando oportunidades de lucha para la transformación y emancipación.

Retomando nuestro escenario, el sistema capitalista, importa afirmar que esos modelos contrastantes que acabamos de citar representan intereses opuestos, de forma, general, podríamos decir del capital y trabajo. La integración regional, así como cualquier otra política estatal, no es ajena a las presiones externas del capital, así como a las propias contradicciones nacionales que tienen lugar en el plano interno de cada Estado. Entender esta “mediación” entre lo interno y lo externo requiere visualizar a la integración y al Estado como formaciones sociales complejas y conflictivas, en oposición a las miradas tecnoburocráticas del fenómeno estatal que realzan su dimensión gerencial y “neutral” orientada a un supuesto “bien común” o “interés general”.

De esta forma, podríamos decir, la integración refleja en su formulación y ejecución una “disputa de intereses” que debe ser considerada a la hora de realizar un balance sobre los resultados de los procesos asociativos presentes en nuestra región; insistimos, dentro del contexto de posibilidades que el Estado liberal burgués y periférico ofrece. La reformulación y ampliación del Mercosur y la creación de la Unasur de los años 2000 refleja la disputa de intereses ocurrido al interior de los países miembros. El caso brasileño, en el período 2003-2010, que nos dedicamos a estudiar, es un buen ejemplo de esta disputa. Las preocupaciones de un sector de la coalición del gobierno Lula se fundaban en la existencia de una identidad propia de la región y en la meta programática de profundizar el Mercosur en términos políticos, sociales y culturales, así como en unificar la visión estratégica del continente a través de la Unasur. En gran medida, esta vertiente entró en conflicto con los sectores que adherían a la base de regionalismo abierto del Mercosur y a su dimensión comercialista, representados esencialmente por la burguesía interna exportadora, tanto industrial (interesada en el comercio con el Mercosur pero no en su dimensión política) como agroexportadora (interesada en la plataforma de negociación que el bloque ofrecía a favor de la lucha contra el proteccionismo agrícola de Europa y Estados Unidos, principalmente, y en la conquista de nuevos mercados). Queda claro como tal divergencia de intereses tiene raíces en las diversidades internas, en las oposiciones de grupos y clases, y ello nos retrotrae nuevamente al escenario del capitalismo y de la dominación burguesa.

El capitalismo es esencialmente crisis, y los momentos de estabilidad resultan excepcionales y puntuales. La actual “desactivación” de la Unasur y la drástica reorientación del Mercosur para sus finalidades comerciales originarias se enmarcan en el período actual de crisis enfrentada por nuestros países y de un revigoramiento de las “correas de transmisión” que nuestras elites representan (y, dígase de pasaje, usualmente representaron) con relación al mundo desarrollado. En algunos períodos, la crisis se acentúa y la salida conservadora buscada se orienta a fragilizar el régimen democrático y a “disciplinar” la clase trabajadora a través de una dilución de sus derechos y garantías. La privatización de empresas estatales, el vaciamiento de la lucha sindical, el endeudamiento, la apertura a los capitales extranjeros, la “flexibilización” de los regímenes de seguridad social y de las relaciones laborales y de los derechos sociales como un todo, son tan solo algunas de las evidencias de un redireccionamiento de la intervención estatal en cuyo contexto deben ser interpretados los cambios sufridos por el Mercosur y la Unasur en los últimos tiempos. Una coyuntura que pretende “ajustar” el plan de acción de los gobiernos progresistas de las últimas décadas, orientado a la construcción de un modelo de integración alternativo, que, a pesar de no haber estado exento de contradicciones y de “nudos” que no fueron desatados, lo entendemos más adecuado a un desarrollo e inserción no subordinada en el sistema mundial (GRANATO, 2015).

En un contexto en el que se sostiene la necesidad de “perfeccionar” el Mercosur y de incorporarle nuevas disciplinas en línea con los procesos de integración “más modernos”, y en el que el poder de unificar la visión estratégica del continente por parte la Unasur cede, por ejemplo, ante el reciente ingreso de Colombia a la OTAN en carácter de “socio global”, la integración parece estar compelida a retrotraer su poder de transformación del tejido social para reforzar sus metas mercantiles, reduciendo sus potencialidades ante los sectores económicos y políticos dominantes que resisten a la ampliación de derechos sociales (y consecuente elevación del grado de conciencia de las clases subalternas) y a la búsqueda de márgenes de autonomía, siempre relativa, en el sistema internacional (GRANATO; BATISTA, 2018). En suma, mientras la hegemonía esté del lado del capital, serán los intereses de su dominación los que direccionen el rumbo de la integración (así como del resto de las políticas estatales) en estos sures, siempre sujeta a las estrategias que en cada momento le resulten más adecuadas. Al comprender esto, el desafío teórico mencionado al iniciar este texto (re)emerge, desafiante.

*O presente texto foi produzido para a Mesa “Desafios e Perspectivas para a Integração Regional” como parte da programação do I Seminário Internacional de Estudos Estratégicos, Geopolítica e Integração Regional: Desenvolvimento e Soberania na América do Sul (SEEGI) promovido pela Universidade Federal da Integração Latino-Americana (UNILA), realizado em Foz de Iguaçu em junho de 2018.

 

Referencias

ARMESILLA CONDE, Santiago J.; PÉREZ-GAÑÁN, Rocío. Integración política y desarrollo económico en la plataforma iberoamericana. El Basilisco: Revista de materialismo filosófico, n. 49, p. 5-19, 2017.

EVERS, Tilman (1977). El Estado en la periferia capitalista. Buenos Aires: Siglo Veintiuno, 1989.

GRACIARENA, Jorge. Poder y clases sociales en el desarrollo de América Latina. Buenos Aires: Paidós, 1967.

GRANATO, Leonardo. Brasil, Argentina e os rumos da integração: o Mercosul e a Unasul. Curitiba: Appris, 2015.

GRANATO, Leonardo; BATISTA, Ian Rebouças. Estado, autonomia e integração regional na América Latina. Latinoamérica: Revista de Estudios Latinoamericanos, n. 66, p. 261-285, 2018.

JAURETCHE, Arturo (1957). Los profetas del odio y la yapa (la colonización pedagógica). Buenos Aires: Peña Lillo Editor, 1973.

KAPLAN, Marcos. El Estado en el Desarrollo y la Integración de América Latina: Ensayos. Caracas: Monte Ávila, 1969.

PUIG, Juan Carlos. Doctrinas Internacionales y Autonomía Latinoamericana. Caracas: Universidad Simón Bolívar; Instituto de Altos Estudios de América Latina, 1980.

RACOVSCHIK, María A.; RAIMUNDI, Carlos (Org.) ¿Fin de ciclo o paréntesis en la región? Balance de la última década y reflexiones sobre el nuevo escenario del MERCOSUR. Buenos Aires: FLACSO Argentina, 2016.

RAJLAND, Beatriz. El estado del Estado en la Argentina después de 2001. Continuidades y rupturas. En: THWAITES REY, M. (Ed.) El Estado en América Latina: Continuidades y rupturas. Santiago: CLACSO; Arcis, 2012, p. 255-278.

TORRES RIVAS, Edelberto. Estado y sociedad en Prebisch. Comercio Exterior, vol. 37, n. 6, p. 457-463, 1987.