Software libre para una sociedad libre – Stallman

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Autores: Richard M. Stallman
Título: Software libre para una sociedad libre
Disponível em: http://www.gnu.org/philosophy/fsfs/free_software.es.pdf

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1. EL PROYECTO GNU

La primera comunidad que comparte software

Cuando entré a trabajar en el Laboratorio de Inteligencia Artificial (AI Lab) del MIT en 1971, pasé a formar parte de una comunidad que compartía software y llevaba haciéndolo durante años. El acto de compartir software no se circunscribe a nuestra comunidad en particular: es tan antiguo como los propios ordenadores, lo mismo que compartir recetas es tan viejo como la cocina. Simplemente, nosotros lo hacíamos en mayor medida.

En el AI Lab se utilizaba un sistema operativo de tiempo compartido llamado ITS (Incompatible Timesharing System), diseñado y escrito por los hackers de la plantilla del lab en lenguaje ensamblador para el Digital PDP-10, uno de los ordenadores más grandes de la época. Como miembro de esta comunidad y hacker de sistemas para el AI Lab, mi labor consistía en mejorar dicho sistema.

No llamábamos «software libre» a nuestro software porque el término no existía todavía; pero era exactamente eso. Cuando alguien de otra universidad o de otra empresa quería instalar y utilizar un programa, se lo prestábamos de buen grado. Si descubrías a alguien utilizando un programa poco habitual e interesante, siempre podías preguntarle por el código fuente, leerlo, modificarlo o canibalizar partes de él para montar un programa nuevo.

El uso de la palabra «hacker» para definir al «que rompe sistemas de seguridad» es una confusión promovida por los medios de masas. Nosotros, los hackers, nos negamos a reconocer esta acepción y seguimos utilizando este término para describir a «alguien que ama la programación y disfruta explorando nuevas posibilidades».2

EL colapso de la comunidad

La situación cambió drásticamente a principios de los años ochenta, con la desaparición de la comunidad hacker del AI Lab, seguida de la desaparición del ordenador PDP-10.

En 1981, la empresa pionera Symbolics contrató a casi todos los hackers del AI Lab, y nuestra diezmada comunidad fue incapaz de sobrevivir. (En el libro Hackers, Stephen Levy describe estos acontecimientos, a la vez que nos proporciona un panorama bastante preciso de lo que fue la época dorada de esta comunidad). Cuando el AI Lab compró un nuevo PDP 10 en 1982, sus administradores decidieron usar un sistema de Digital de tiempo compartido no libre en lugar del ITS en la nueva máquina.

Poco después, Digital dejó de fabricar la serie PDP-10. Su arquitectura elegante y poderosa de los años sesenta no podía adaptarse de forma natural a los grandes espacios de direccionamiento característicos de los años ochenta. Lo cual explica que casi todos los programas que integraban el sistema ITS resultaran obsoletos. De esa manera se enterraba definitivamente al ITS: quince años de trabajo tirados por la borda.

Los modernos ordenadores de la época, como el VAX o el 68020, contaban con su propio sistema operativo, pero ninguno utilizaba software libre. Había que firmar un acuerdo de confidencialidad incluso para obtener una copia ejecutable.

Todo ello significaba que antes de poder utilizar un ordenador tenías que prometer no ayudar a tu vecino. Quedaban así prohibidas las comunidades cooperativas. Los titulares de software propietario establecieron la siguiente norma: «Si compartes con tu vecino, te conviertes en un pirata. Si quieres hacer algún cambio, tendrás que rogárnoslo».

La idea de que el sistema social en torno al software propietario —un sistema que te impide compartir o modificar el software— es antisocial, poco ético, sencillamente equivocado, puede sorprender a algunos lectores. Pero ¿qué podemos decir acerca de un sistema que siembra la división entre el público y abandona a los usuarios a la indefensión más absoluta? Estos lectores probablemente hayan asumido el sistema social asociado con el software propietario como algo inevitable o habrán considerado la cuestión de la misma forma que se plantea por parte de las empresas de software propietario. Los editores de software se han esforzado mucho en convencernos de que sólo hay una forma de abordar esta cuestión.

Cuando los editores de software hablan de «ejercer» sus «derechos» o de «acabar con la piratería», lo que dicen es, de hecho, secundario. El verdadero mensaje de estas declaraciones se esconde en ciertas presunciones implícitas que dan por supuestas; creen que el público debe aceptarlas sin cuestionarlas. De modo que analicémoslas.

Una suposición es que las empresas de software tienen el derecho natural e incuestionable a poseer software, y por ende a detentar todo el poder sobre sus usuarios. (Si de verdad se tratara de un derecho natural, nosotros no objetaríamos nada, independientemente del perjuicio que esto ocasionara al público.) Pero lo interesante es que la Constitución de los EE.UU. y el derecho tradicional rechazan este punto de vista. El copyright no es una ley natural, sino un monopolio artificial impuesto por el Estado que limita el derecho natural de los usuarios a copiar.

Otra presunción implícita es que lo único importante en el software es la función que te permite desempeñar —que, como usuarios de ordenadores, no deberíamos preocuparnos de que tipo de sociedad se nos permite tener.

Una tercera presunción es que no dispondríamos de software de utilidad —o de un programa para realizar esta u otra tarea— si no cedemos el derecho de los usuarios sobre un programa a la empresa responsable del mismo. Esto resultaba convincente antes de que el movimiento del software libre demostrara que podíamos crear muchísimos programas, y muy útiles, sin necesidad de cadenas.

Si preferimos rechazar estas presunciones y analizamos estas cuestiones de acuerdo con los criterios morales y el sentido común del ciudadano de a pie, anteponiendo a los usuarios a cualquier otra consideración, llegaremos a conclusiones muy diferentes. Los usuarios de ordenadores deberían ser libres para modificar los programas y ajustarlos a sus necesidades, libres para compartirlos, porque la cooperación con los demás constituye la base de la sociedad.

(…)


O texto integral encontra-se na fonte indicada acima.


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