Por Juan Camilo Arias Mejía*

En primer lugar, aunque los proyectos de Estado neoliberales se hicieron hegemónicos a partir de la era de reformas y ajustes estructurales que tuvieron lugar en los años 1980, las perspectivas críticas que interrogan la relación Estado-Dependencia-Mercado mundial cobran de hecho mayor vigencia que nunca. Pues como decía Canclini (1984), aunque las teorías de la dependencia pudieron haber pasado de moda en algunos círculos académicos cediendo el paso a los tecno políticos y a una visión del Estado-empresa, la dependencia misma en tanto hecho social que profundiza la desigualdad y saqueo de la naturaleza, no solo siguió su curso en la era neoliberal, sino que se ha tornado cada vez más profunda y ominosa.

El Estado contrainsurgente y la internalización de la dependencia: revisitando la cuestión del Estado a partir del pensamiento de Ruy Mauro Marini

La corriente dependentista ofreció una perspectiva que relacionó los procesos de conformación del Estado y la sociedad en la región con la expansión y consolidación de un capitalismo dependiente, el cual agrupa algunos de los rasgos constitutivos del imperialismo en las sociedades modernas. Tales mecanismos si bien pueden prescindir hasta cierto grado del ejercicio directo de la coerción, se sustentan a su vez en adecuaciones políticas y económicas que permiten la extracción de recursos naturales, la exportación de capital bajo la forma de deuda pública y la explotación de la fuerza de trabajo.  Esto es, un capitalismo sui generis orientado a satisfacer la demanda de materias primas y mano de obra de los países capitalistas dominantes, a través de un ciclo dependiente del capital. Entre otros, aportes como los de Ruy Mauro Marini, René Zavaleta, Vania Bambirra y Florestan Fernandes fueron relevantes a la hora de pensar la relación entre las formaciones sociales latinoamericanas y el mercado mundial y son todavía vigentes (con una mirada renovada de nuestra parte, por supuesto) para comprender el presente y las proyecciones futuras de la región. Destacamos en este sentido algunos conceptos de Ruy Mauro Marini (2008), que representan todavía una potencia a la hora de analizar las transformaciones del Estado latinoamericano en contextos de capitalismo global. En primer lugar, retomamos la internalización de la dependencia expuesto por Marini en su clásico texto La dialéctica de la dependencia, el cual supone que más que una mera imposición proveniente desde afuera – que por supuesto no se puede descartar por completo, dado que tenemos ejemplos como las medidas de condicionalidad de los organismos multilaterales que presionaron a países endeudados en la crisis de la deuda para llevar a cabo ajustes leoninos que los mismos países dominantes jamás implementaron -. Dicho concepto parte del hecho de que la dependencia solo se materializa a través de la incorporación al interior mismo de las formaciones dependientes de instituciones, políticas, proyectos de Estado y modelos de producción que hacen posible una inserción subordinada y precaria al mercado mundial.

Esto es, más allá de una lectura determinista en términos económicos de las formas contemporáneas de dominación o una definición estrictamente topográfica de la dependencia, el concepto de internalización propuesto por Marini nos invita a entender metodológica y políticamente la interacción entre los bloques dominantes en el poder de los países dependientes y las burguesías transnacionales como un factor generador de profundas asimetrías sociales, principalmente a partir de adecuaciones en los Estados que pueden llegar a determinar la inserción de los países al mercado mundial. Si bien este enfoque es una alternativa para superar el nacionalismo metodológico, asunto particularmente importante en tiempos de capitalismo global, pues relaciona los cambios de las distintas formaciones sociales en función de las relaciones que se establecen en el orden internacional, invita a sostener también la mirada en las condiciones internas que se expresan en medidas como la apertura económica, el desmantelamiento de los modelos sustitutivos, la precarización laboral, el incremento de la deuda pública, los subsidios al capital y la reducción del músculo social del Estado como condiciones básicas para la dependencia en nuestros tiempos. Dicho en otros términos, lejos de ser una realidad dada de antemano, una estructura que se replica a sí misma de manera autónoma, la dependencia opera como un complejo dispositivo político y económico que reproduce la desigualdad al interior mismo de las formaciones sociales dominadas y que debe actualizarse constantemente a través de la interacción entre el bloque interno en el poder y representantes del capital transnacional con el fin de profundizarse y prolongarse en el tiempo.

En contraste con el réquiem del Estado impulsado por la retórica neoliberal, para Marini era claro que en contextos de globalización, lejos de extinguirse, el muerto gozaría de buena salud. Pues el Estado resulta ser no solamente un elemento crucial en cuanto forma política del capitalismo, sino también a la hora de producir y reproducir la dependencia y las nuevas formas que cobra el imperialismo. Si bien en su ensayo sobre la dialéctica de la dependencia reconoció como un atributo central de la misma el hecho de que la dependencia se presenta en contextos de independencia formal y que, a diferencia de las invasiones coloniales, no requiere de un ejercicio directo y constante de la coerción, también fue consciente de que el uso de la fuerza es un recurso que de manera constante pende como espada de Damocles sobre las formaciones dominadas, en especial sobre los pueblos y movimientos sociales que la interpelan. Es así como en una breve conferencia publicada en 1978 y que lleva como título “El Estado de contrainsurgencia”, se refirió a las transformaciones que para la fecha presentaban los Estados de la región en pleno auge de las dictaduras, relacionándolas con un proceso contrarrevolucionario liderado por parte de EE.UU. en el hemisferio.

Dicho liderazgo si bien dependía en buena medida de las fuerzas de contraguerrilla representadas por los boinas verdes, también incluía dentro de la estrategia contrainsurgente la formación, capacitación y financiamiento de los aparatos represores de los países dependientes, llegando incluso a expresiones aborrecibles como la del ex secretario de defensa de EEUU y expresidente del Banco Mundial, Robert S. McNamara, que al respecto se refería como “indígenas en uniforme”. Es decir, desde los albores mismos de la doctrina contrainsurgente la instrumentalización de los Estados nacionales para favorecer procesos de represión, despojo y acumulación de capital se mostraba a la orden del día. En dicho intercambio, por supuesto, las relaciones ideológicas entre los bloques dominantes en el poder y las élites norteamericanas era esencial para la internalización de la dependencia y la desigualdad asociada con esta.

Dentro de los atributos de los Estados de contrainsurgencia como categoría teórica para pensar las transformaciones políticas de la América Latina hacia finales del siglo XX, destacaba Marini los siguientes: 1. la aplicación a la lucha política de un enfoque militar, que veía al contrincante político no tanto como a un rival que se derrota en democracia, sino como una amenaza interna que debía ser aniquilada. En otros términos, asumir la lucha de clases de manera abierta como una guerra en la cual resultaban legítimas las tácticas y métodos de la guerra misma e, incluso, yendo en ocasiones más allá del derecho de la guerra al introducir prácticas opacas que involucraron a la población civil y violaban abiertamente los derechos humanos. El segundo atributo de los Estados de contrainsurgencia consistía en asumir los procesos y movimientos revolucionarios como consecuencia de una infiltración externa del enemigo y no como la expresión de las contradicciones que tienen lugar al interior de una sociedad: “El movimiento revolucionario es, pues, algo así como un virus, el agente infiltrado desde afuera que provoca en el organismo social un tumor, un cáncer, que debe ser extirpado, es decir, eliminado, suprimido, aniquilado” (Marini, 1978, p. 25). El tercer rasgo característico de dichos Estados consistía en el restablecimiento de la democracia burguesa, luego de que en el período de excepción fuera desatado el terrorismo de Estado con el fin de instituir un orden favorable a las burguesías domésticas y extranjeras.

Pues bien, lejos de ser una expresión contingente y coyuntural propia del contexto de la Guerra Fría, los Estados de contrainsurgencia se han instituido en varios países de la región y, en casos como el colombiano, resultaron ser la base sobre la cual se erigió el proyecto de Estado y el modelo de desarrollo neoliberal. Detengámonos un poco en el singular concreto que nos ofrece dicho caso con el fin de comprender como el Leviatán Criollo del que hablaba Kaplan (1983) (categoría por lo demás cercana a la propuesta por Marini) para referirse a las transformaciones de los Estados dependientes en contextos de globalización, más que una abstracción teórica representa las entrañas mismas del presente que tiene lugar en distintos países de América Latina. A partir del año 1962 el gobierno norteamericano envió a Colombia al general William Yarborough quien asesoró una doctrina del enemigo interno que sentó las bases jurídicas para el entrenamiento y armamento de la población civil con el fin de que esta cooperara con el ejército en tareas contrainsurgentes. Aunque ya para estos años se fue consolidando la guerra sucia del Estado expresada en el asesinato y desaparición de líderes sindicales y movimientos sociales, el rostro más amargo de este conflicto se expresó a partir de la entrada en vigor de la reforma neoliberal del Estado en 1991 e involucró no solamente a operadores domésticos de la guerra sino también a agencias norteamericanas, mercenarios israelíes y compañías transnacionales que participaron en la financiación y entrenamiento de estructuras paramilitares con capacidad de hacer presencia en todo el territorio nacional.

En efecto, y esto es un hecho poco discutido tanto al interior como al exterior de Colombia, el Estado contrainsurgente antecedió en este caso a las luchas de la insurgencia armada y, en cierto sentido, fue la causa de esta última. Sin embargo, a partir de los años 1990 el contexto de desmantelamiento del incipiente modelo sustitutivo que había logrado el país en décadas anteriores y una retórica favorable a la atracción de inversión extranjera directa, puso en evidencia que más allá de ser una respuesta de los EE.UU. y sus socios latinoamericanos durante la Guerra Fría, el Estado contrainsurgente representaba una tecnología imperialista sofisticada que, en casos como el colombiano, pudo prescindir de dictaduras o estados de excepción prolongados, para mantener una democracia aparente y de baja intensidad favorable a las estrategias violentas de acumulación de capital. En otros términos, a pesar de que los entornos violentos pueden en ocasiones incrementar los costos de transacción, en economías sustentadas en la extracción de materias primas como la colombiana, la relación violencia-desarrollo deja de ser a menudo una excepción para convertirse en la regla.

Ahora bien, el análisis de las formas de profundización de la dependencia en un caso como el mencionado anteriormente, implica el abordaje de la siguiente cuestión: ¿Cómo fue la composición del bloque en el poder doméstico que internalizó y profundizó la dependencia a través de la incorporación de un orden contrainsurgente en el Estado? Tomando como punto de partida la idea poulantziana de que el Estado no es un sujeto que opera con una racionalidad que le es intrínseca, ni tampoco un simple instrumento que funciona bajo la voluntad plena de la clase dirigente, sino más bien un campo selectivo y estratégico que condensa y refracta las luchas sociales, pasamos a reconocer que el bloque dominante en el poder resulta decisivo a la hora de activar o desactivar ciertas selectividades estratégicas con el fin de hacer prevalecer sus intereses y desarticular las luchas populares. De allí su importancia a la hora comprender las transformaciones del Estado en distintos momentos históricos y la intermediación que, en las formaciones dependientes, lleva a cabo en favor del capital transnacional. En el caso colombiano la composición de dicho bloque en el poder de acuerdo con Franco (2009) puede ser vista a partir de dos escalas (una mayor y una menor), estando la escala mayor compuesta por la burguesía financiera, la cual pasó a ocupar el lugar de fracción dirigente en el bloque en el poder a partir de los años 90 y la burguesía industrial, especialmente aquella agrupada en torno a grandes monopolios y contratos con el Estado, pues la pequeña y mediana industria resultó afectada por las reformas neoliberales. Aunque sus intereses son los más favorecidos por el orden contrainsurgente, su papel en el conflicto a menudo aparece como el de meros espectadores, aun cuando su agencia colectiva ha determinado el rumbo de la guerra a través de la financiación a grupos paramilitares y candidaturas políticas encargadas de ejecutar las acciones de la guerra. 

Por otra parte, tenemos una escala menor del bloque en el poder, en la cual se tornó más evidente el recurso a mecanismos ilegales y el involucramiento directo en la guerra. Esta escala menor se caracterizó a partir de los años 90 por los siguientes elementos:  articulación de mercenarios nacionales y extranjeros de la lucha contrainsurgente, redes de poder político o coaliciones políticas dominantes en la escala regional, fuerza pública, especialmente brigadas y comandos de policía entrenados por los EE.UU., comerciantes (distribuidores o intermediarios), empresarios del transporte, empresarios de la explotación minera, empresarios del agro negocio (cafeteros, floricultores, arroceros, bananeros, azucareros, etc.), terratenientes ociosos, narcotraficantes y agentes empobrecidos en búsqueda de supervivencia. Este entramado de agencias colectivas se vio complementado por la privatización de los medios de comunicación que a partir de entonces ejercieron un monopolio sobre la hermenéutica de la guerra y el conflicto, el cual resultó decisivo en la consolidación de la hegemonía y la creación de un consenso social en torno a la eliminación de los grupos los movimientos sociales y la aceptación de reformas que favorecían fundamentalmente a las clases dominantes domésticas y extranjeras.

Asimismo, ambas escalas del bloque en el poder contrainsurgente se vieron complementadas por un enjambre de agencias norteamericanas y compañías transnacionales que se beneficiaron (y en algunos casos siguen beneficiándose) del conflicto. Entre las agencias vinculadas se encuentran la U.S. Agency for International Development, Central Intelligence Agency (CIA), DynCorp Aerospace Operation y Northrop Grumman Corporation. Entre las compañías transnacionales que  han sido investigadas o señaladas por operarios de la guerra por nexos y financiación, se encuentran British Petroleum, Oxy, Occidental Petroleum Corporation, Repsol, Drummond Ltda., Drummond Inc., Cemex, Holcim, Muriel Mining Corporation, Chiquita Brands International (recientemente condenada en los mismos tribunales de EE.UU. por la financiación de las Autodefensas Unidas de Colombia), Dole, Texas Petroleum Company, Union Fenosa, Coca Cola (vinculada en varios casos de asesinatos a líderes sindicales), Glencore-Xtrata, Anglo American, BHP Billiton (Franco, 2009, pp. 205-206).

Entre los resultados del Estado de contrainsurgencia en un caso como el colombiano, destacan las más de 2020 mil víctimas que ha dejado el conflicto armado hasta la fecha, el despojo de millones de hectáreas de tierra que estaban en manos de los campesinos, indígenas y afrodescendientes, la enajenación del trabajo social a través de las privatizaciones, la proliferación de conflictos socioambientales relacionados con el extractivismo y el exterminio de los movimientos sindicales. Aspectos que se suman al hecho de ser el cuarto país más desigual de América Latina y uno de los más desiguales del mundo.

Este caso nos permite confirmar, por una parte, que la intuición de Marini a finales de los años 70 era particularmente acertada a la hora de captar los cambios que podrían presentar los Estados en la región en contextos de globalización, especialmente el recrudecimiento del autoritarismo relacionado con la doctrina contrainsurgente, la cual, como queda expuesto, trascendió el contexto de la Guerra Fría y fue el sustento de la transición al neoliberalismo en países como Colombia. Asimismo, que la dependencia lejos de ser una estructura que se reproduce a sí misma y de manera autónoma, requiere no solamente de agencias concretas representadas en el bloque en el poder, sino también de modificaciones en el Estado con el fin de internalizarse y prolongarse en el tiempo. Este hecho resulta de particular importancia, pues más allá del determinismo económico, nos permite observar la importancia de plantear categorías como el Estado dependiente con el fin de abordar las especificidades políticas que hacen posible las formas subordinadas de inserción al mercado mundial.

Ahora bien, revisitar un pensamiento complejo como el de Marini a propósito del Estado y la dependencia, implica también de nuestra parte un ejercicio crítico con el fin de relacionarlo con los cambios, transformaciones y proyecciones a futuro actualmente en marcha en nuestra América. Es por eso que nos permitimos realizar el siguiente interrogante: ¿sigue siendo vigente la categoría de Estados de contrainsurgencia para pensar las especificidades de los Estados dependientes en la región? Como expresé anteriormente, en casos como el colombiano dicha categoría sigue revistiendo un valor importante a la hora de comprender las positividades, agencias y condiciones de posibilidad para la internalización de la dependencia. La economía política de la guerra y el conflicto sigue en dicho país operando bajo formas cada vez más complejas. Sin embargo, cambios importantes tienen lugar en la región y, sin descartar el retorno de las dictaduras contrarrevolucionarias, vemos también que es necesario abarcar las transformaciones que la entrada en plena vigencia del neoliberalismo ha implicado para las democracias y la dependencia misma. En efecto, consideramos al neoliberalismo como una sofisticada expresión de la internalización de la dependencia mencionada por Marini, que se tradujo en la adopción de políticas económicas tendientes a la reprimarización de la economía y la precarización de la mano de obra. Aun cuando la retórica de los sectores más reaccionarios de las élites de la región plantean la reducción del Estado en favor del libre mercado, observamos también una cada vez mayor instrumentalización de este para la defensa de los derechos del capital (tanto bajo la forma de subsidios, exenciones tributarias como el uso de la fuerza).  

De tal manera que más allá de una reducción integral del Estado, vemos en marcha una profunda reorganización de las selectividades estratégicas del mismo, así como el vaciamiento de las democracias, las cuales canalizan cada vez en menor medida las luchas populares para adoptar el modelo del Estado empresa. Dicho Estado empresa, a falta de un nombre mejor, representa un momento de reorganización y reposicionamiento de los bloques en el poder, cada vez más articulados con el capital transnacional (tanto económica, política como culturalmente) que tiende a propiciar escenarios de crisis e inestabilidad, en contextos en los cuales la desigualdad avanza de forma pronunciada.

Asimismo, aunque aportes como los de Marini siguen siendo valiosos para pensar las transformaciones económicas y políticas de la región, alrededor de tales planteamientos se puede sugerir otro punto de entrada que consideramos clave para el debate venidero y tiene que ver con los costos ambientales y sociales de la dependencia. En efecto, la cada vez mayor demanda de materias primas necesarias para sostener el estilo de vida imperial ha implicado para la región un estrés bastante significativo en los ecosistemas y las comunidades que los habitan, especialmente a través de la extracción de petróleo y minerales para las industrias tecnológicas y de transporte. Lo anterior nos suscita, entre otros, los siguientes interrogantes que, consideramos, pueden nutrir estudios futuros sobre el tema: ¿qué nuevas formas está cobrando la dependencia en América Latina y cuál es el papel de los Estados a la hora de permitirlas? ¿Cuál ha sido (y sigue siendo) el costo ambiental de la dependencia? ¿De qué maneras pueden los movimientos sociales revertir los efectos sociales y ecológicos de tales dependencias? ¿Encontrará América Latina una alternativa para insertarse al mercado mundial más allá de la exportación de materias primas?

A modo de conclusión

Lo anterior no solamente es una senda para enriquecer los estudios sobre las formas concretas de reproducción de la dependencia en cada país, sino también un principio político de realidad con respecto a las posibilidades de revertirla en América Latina. La dependencia, como nos ilustró Marini, no es el destino fatal de nuestras sociedades, sino la expresión concreta de agencias domésticas y transnacionales que la han hecho posible y prolongado en el tiempo. De allí que promover alternativas que interrumpan su internalización es, al día de hoy, una tarea crucial para los pueblos y movimientos sociales del continente. Y en esta tarea resulta fundamental el Estado: más estrictamente, la condensación de las luchas sociales en nuevos proyectos de Estado que tengan en su centro el desmantelamiento del neoliberalismo, la reducción de las desigualdades y preparen a las sociedades para un contexto de crisis climática y ambiental cada vez más aguda.

Si bien en esta ocasión nos hemos centrado en el pensamiento de Marini a propósito de la relación entre los Estados de contrainsurgencia y la internalización de la dependencia, hay también otros pensadores y pensadoras de la tradición del pensamiento social crítico que pueden resultar claves a la hora de abordar las transformaciones políticas en tiempos de capitalismo global. En particular, destacamos la obra del intelectual boliviano René Zavaleta quien, en sus textos, nos propuso una mirada potente a la hora de comprender lo político estatal en la región. Su aproximación al Estado en movimiento, es decir, al Estado como síntesis de un proceso histórico, nos advirtió sobre la importancia de aproximaciones complejas al problema, procurando captar la interacción de fuerzas que de manera constante convergen en el mismo. Denunció todo intento de comprensión del Estado desde una perspectiva estática como la “ruina de lo político” y propuso categorías como la “crisis como método de estudio” con el fin de comprender las transformaciones del Estado y la sociedad en coyunturas críticas, en las cuales se revelan las fuerzas en competencia que en tiempos normales tienden a ocultarse.

En síntesis, coincidimos con Lucio Oliver en ver a América Latina como una potencia intelectual la cual tiene todavía mucho que decirse a sí misma y al mundo. Hoy tuvimos la ocasión de invitar a revisitar debates clásicos a propósito del Estado, pero somos plenamente conscientes de que los tiempos actuales representan importantes desafíos para la academia y la sociedad en su conjunto. Sin embargo, pensar la dependencia a la luz de complejas transformaciones como las que tienen lugar en la actualidad, es una labor impostergable a la luz tanto de la justicia social como de la justicia ambiental.

Referencias

Canclini, N. (1984). ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo popular? Punto de vista, v. 7, n. 20, pp. 28-34.

Marini, R. (1978). El Estado de Contrainsurgencia. Intervención en el debate sobre “La cuestión del fascismo en América Latina”, Cuadernos Políticos, n. 18, Ediciones Era, México, octubre-diciembre, pp. 21-29.

Marini, R. (2008). América Latina, dependencia y globalización. Martins, C. (comp.). CLACSO y Siglo del Hombre Editores.

Kaplan, M. (1983). La teoría del Estado en la América Latina contemporánea: El caso del marxismo. El Trimestre Económico, n. 50, pp. 677-711.

Franco, V. (2009). Orden contrainsurgente y dominación. Siglo del Hombre Editores, Instituto Popular de Capacitación

* Profesor de la Institución Universitaria Digital de Antioquia. Co-editor, junto al Prof. Leonardo Granato, de la obra colectiva “La cuestión del Estado en el pensamiento social crítico latinoamericano” (UNAULA, 2021). El presente texto corresponde a la conferencia realizada por el autor en el Programa de Posgrado en Ciencia Política de la Universidade Federal do Rio Grande do Sul en diciembre de 2024.