Leonardo Granato (ODELA)
En la segunda mitad del siglo XX emergieron y se desarrollaron importantes discusiones y contribuciones en las ciencias sociales latinoamericanas en torno de la cuestión del Estado en América Latina, región esta entendida como una suerte de recorte para situar la discusión, a pesar, claro, de la diversidad de las experiencias históricas de los varios países. Asimismo, cuando nos referimos a la “cuestión” del Estado, lo hacemos en el sentido de la temática que abarca su naturaleza, o sea, lo que es, de lo que se trata (la noción), así como su trayectoria o formación en la región, aunque en este texto vayamos a referirnos someramente tan solo al primer asunto.
Este debate surge como reacción al abordaje liberal de entender al Estado que subyacía a las vertientes modernizadoras del pensamiento social y político de la región donde el concepto de Estado presuponía, en los términos del patrón eurocéntrico, un modelo coherente e ideal de organización política. Como afirmara Lechner (1981, p. 7), en las ciencias sociales latinoamericanas el Estado se presentaba como una categoría residual, no existía la preocupación de su conceptualización, de explicitar desde dónde este era abordado, en términos epistemológicos. El abordaje liberal clásico que prevalecía consideraba al Estado como un conjunto de instituciones situado fuera y por encima de la sociedad, desempeñando un rol de mediador neutral dotado de aptitud que garantizar, a través de sus decisiones y políticas, el llamado “interés público”, o bien común de todos los individuos. Considerado de esta forma, como algo dado y no como un concepto a ser discutido, ciertas perspectivas, como la de la CEPAL por ejemplo, lo adoptaron sin más, como parte de una modernización industrializadora que propendería al desarrollo en la periferia de la geopolítica mundial, a imagen y semejanza de un “centro” desarrollado[1].
Este discurso modernizador es claramente identificado en aquellas contribuciones del desarrollo político que colocaban a la variante periférica y latinoamericana de Estado como atrasada y “desviada” de los cánones del “auténtico” Estado moderno-europeo (BORBA, 2015), así como en el debate desarrollista entre ortodoxos liberales y heterodoxos estructuralistas, los que compartían “[a] crença inabalável na existência de um Estado racional, homogêneo e funcional, capaz de formular políticas de crescimento econômico, por cima de divisões, conflitos e contradições que pudessem atravessar e paralisar o próprio Estado” (FIORI, 2013, p. 4)[2].
De esta forma, como reacción y crítica a tales presupuestos modernizadores, alimentadas en gran medida por las “promesas” no cumplidas, emergieron proficuos debates que allanaron el camino para “uma análise crítica do estado pelo que ele é e não pelo que lhe falta” (BORBA, 2015, p. 17), en línea con los esfuerzos de desconstrucción el discurso modernizador basado en el principio de unidad del mundo sociocultural[3], que predominaba y aún predomina en el continente.
En el ámbito de la discusión sobre el desarrollo, la tarea de los teóricos de la dependencia de bases marxistas no se trataba tan solo de rechazar la hipótesis del desarrollo como fenómeno supuestamente universal sino de analizar la “situación de dependencia” referente a una dominación interno-externa. Las formulaciones de esta vertiente buscaban, también, romper con ese tipo ideal hegemónico de Estado neutro con funciones de carácter universal, problematizándolo, poniéndolo en discusión, en tanto formación compleja, contingente, conflictiva, que no puede ser desvinculada del proceso de expansión mundial capitalista[4]. A los teóricos dependentistas, otros autores deben sumárseles. Intelectuales como O’Donnell, Kaplan, Lechner, Graciarena y Zavaleta Mercado (por mencionar tan solo algunos ejemplos) contribuyeron de diferentes formas al ejercicio intelectual de ensayar respuestas propias a la cuestión del Estado. Todos ellos, con diferentes perspectivas[5], a pesar de que dentro una misma visión crítica[6], entendían al Estado como nasciendo de la sociedad, producto de ella y relacionado con la existencia de lucha de clases[7]. Institución por excelencia que si bien no puede ser pensada como mero instrumento de clase por el grado relativo de su autonomía, tampoco puede ser entendida como una mediación neutral entre los intereses en pugna conforme la perspectiva liberal del interés general.
Si bien, desde el punto de vista de la ruptura con el discurso modernizador, muchos de estos autores (principalmente los tributarios de críticas “positivas” al desarrollo capitalista bajo la forma de reforma y no de revolución), mientras indagaban las especificidades de los Estados autoritarios (CASTRO ESCUDERO, 1995), no consiguieron abstraerse de argumentos como que la democracia liberal representaría la forma político-institucional “normal” de las sociedades capitalistas desarrolladas (BORBA, 2015, p. 17), importa destacar igualmente a relevante contribución que, en términos de renovación conceptual, esta generación de intelectuales llevó a cabo.
Pese a este discurso modernizador estar presente explícita o implícitamente en los análisis críticos de estos autores de las décadas de ’60 a ’80, no es menos cierto que ello debe ser leído junto a la premisa marxista de que la democracia, a pesar de contingente, sería la forma estatal más adecuada para el dominio de la clase capitalista (o a la forma lógica del dominio burgués, como diría Engels en El origen de la familia…), contribuyéndose significativamente para ver por detrás del Estado, lo contradictorio de su esencia, pensar lo que realmente es en términos históricos (producto del capital como relación social), de conflicto de clases (espacio de lucha disputado por las clases subalternas) y en los marcos de un sistema capitalista jerárquico y desigual, rompiendo así con los moldes liberales hegemónicos que buscan encubrir que el Estado no actúa sino dentro de ciertos límites históricos que enmarcan lo que es circunstancialmente posible sin comprometer la relación básica social capitalista.
Así como en los ’90, en la coyuntura ideológico-teórico-política actual el debate sobre el Estado continúa siendo silenciado y marginalizado, y no por casualidad. Rediscutir y poner a prueba estas premisas parece fundamental, sobre todo en tiempos actuales, en los que la dinámica capitalista occidental (cada vez más interpelada por las formas políticas emergentes en otras regiones de la geopolítica mundial) parece imponer sin más esta necesidad. Retomar el debate es preciso.
[1] Ver Solari, Franco y Jutkowitz (1981).
[2] Ver, también, Fiori (1995) y Torres Rivas (1987).
[3] Afirmación básica que funda la teoría de Germani (1966), que buscaba interpretar el cambio y el desarrollo en las sociedades de América Latina, en términos de tránsito de una sociedad tradicional a una sociedad desarrollada. Ver, también, Fernandes (1981) y Jaguaribe (1972).
[4] Ver Cardoso y Faletto (1977), Cardoso (1977) y Bichir (2017).
[5] Ver O’Donnell (1979), Lechner (1981), Kaplan (1978), Graciarena (1967) y Zavaleta Mercado (1990). Ver, también, Sonntag (1974) y Evers (1989).
[6] Ver Medeiros y Granato, 2018; Medeiros, 2018; Batista, 2018.
[7] El concepto de clases sociales refleja claramente las diversas aproximaciones críticas al tema del Estado. Según Solari, Franco y Jutkowitz (1981, p. 215), mientras algunos autores recurrían a “un marxismo esquemático que quería aplicar a América Latina un grueso biclasismo en el que burguesía y proletariado eran los dos grandes actores de la historia (…) [pese a] la existencia de partes enormes de la población latinoamericana que muy difícilmente entraban en alguna de las dos categorías”, otros autores negaban que los supuestos del análisis de Marx se dieran en América Latina y que ciertas clases o fracciones de clase tuvieran papeles históricos fijos. Ver las discusiones de los Seminarios de Mérida (1971) y Oaxaca (1973) retratadas en Benítez Zenteno (1977a, 1977b).
Referencias
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