Nancy Cornejo Cázares (Gabriel Drag King)
La primera vez que me maquillé como drag king estaba sola en mi casa. Era 27 de octubre de 2016, un día después de mi cumpleaños. Tomé maquillaje de mi hermana, busqué tutoriales en YouTube para masculinizar el rostro y empecé a dibujarme una barba.

Para entonces practicaba voguing en House of Drag. Había visto a mis compañeras maquillarse y vestirse infinidad de veces, pero yo era “la jotita que ayuda”, la persona que asiste durante el show. En ballroom participaba en American Runway, una categoría de caminata masculina.
Mi hermano Alex, un chico trans, fue quien me habló por primera vez del drag king. Yo atravesaba mis propias preguntas. Durante buena parte de mi vida había sentido la feminidad como un examen que siempre reprobaba. Había recibido burlas, me habían llamado “machorra”, “hombre”. House of Drag me dio confianza y herramientas para experimentar con mi apariencia. No pensaba todavía en presentarme ante un público. Quería saber cómo me vería.
Seguí los tutoriales. Algunos eran de drag king; otros enseñaban técnicas para conseguir passing. No encontré referentes mexicanos ni latinoamericanos. Cuando terminé me miré al espejo y supe mi nombre. Gabriel. Nunca consideré otro. Fue como si una parte de mí que no había visto antes me devolviera la mirada y se presentara conmigo.
Al principio Gabriel era simplemente yo en masculino. Incluso pensé que sería mudo. Me equivoqué.
Mi primera aparición pública fue en una fiesta ballroom. Participé en una batalla de voguing. No pensaba en lo que vería el público, sino en cómo me sentía yo: me sentía guapo. Cuando mi mamá me vio como Gabriel, sonrió y me dijo que me parecía a mi papá.

Hacer drag king no provocó que empezara a observar las masculinidades. Creo que llevaba toda la vida haciéndolo. Sabía cómo caminaban los hombres, cómo se sentaban, cómo saludaban. Era un destino que ya conocía, un lugar que deseaba ocupar. Siempre admiré a Pedro Infante y esa masculinidad viril pero afable, leal y valiente.
Nunca me interesó construir a Gabriel desde la agresividad. Quise una masculinidad delicada, elegante, sutil, no violenta y no invasiva. La barba fue fundamental. Durante un tiempo vendé mis pechos y usé cinta industrial para ocultarlos. Después dejé de hacerlo. Algo empezó a parecerme absurdo: hay hombres con pechos. ¿Por qué los míos tendrían que desaparecer para que Gabriel pudiera existir?
Otras cosas fueron más difíciles. No sabía cómo convivir en público siendo Gabriel. Sentía que se esperaba de mí una energía sexual más arrojada. Sobre el escenario podía ser altivo, arrogante y seguro. Esa seguridad transformó también la manera en que otros cuerpos miraban al mío. La revista Time Out me llamó “Latin Lover”. Me dio cringe, aunque tampoco voy a negar que disfrutaba sentirme atractivo.

Tampoco sabía muy bien dónde colocarme dentro del drag. Quería pertenecer a una escena, pero muchas veces el público no reconocía lo que hacía como drag. Una noche intenté entrar a un bar donde las drags no pagaban cover. En la puerta pusieron en duda si yo era drag o no.
Con los años descubrí que antes de Gabriel había existido Original Drag King México, un grupo que había actuado en espacios culturales y universitarios y que para entonces había desaparecido. Entendí que no era el primero, aunque al comenzar no hubiera encontrado esa historia.
Si tuviera que decir de dónde era el primer Gabriel, respondería que nació gitano. Mis primeras referencias estaban atravesadas por cómo interpretaba mis propios rasgos y por personajes como Aladdín. México llegó después de otra manera.
En 2019, la polémica alrededor de La Revolución, el Zapata pintado por Fabián Cháirez, me llevó a preguntarme por el cuerpo, la masculinidad y los símbolos de la historia nacional. Por esos mismos años conocí la historia de Amelio Robles. Aparecieron la camisa blanca, el pantalón negro, las carrilleras y una masculinidad revolucionaria que Gabriel podía habitar, pero también torcer. Y aquel personaje que había imaginado mudo empezó a hablar.

Con el tiempo homologué nuestros discursos políticos porque entendí que Gabriel tenía una proyección pública que podía utilizar para decir cosas que me importaban. Pero ocurrió también el movimiento contrario: lo que aprendía haciendo drag comenzó a producir preguntas que todavía no sabía formular académicamente.
Durante años vi llegar a investigadoras a los espacios drag para observarnos, entrevistarnos y producir conocimiento sobre nuestras prácticas. Empecé a sentir incomodidad. No porque crea que sólo quienes hacemos drag podemos estudiarlo, sino porque muchas veces no reconocía mi experiencia en las definiciones que encontraba. Sentía que el drag king podía convertirse en el ejemplo que confirmaba una teoría previa sobre la masculinidad, mientras quienes sosteníamos la práctica quedábamos en el lugar de proporcionar la experiencia para que alguien más produjera conocimiento. Sentí la necesidad de dar mi versión.
Para mí hay una diferencia entre ponerse un bigote alguna vez y sostener una práctica drag king durante años. No porque una experiencia sea más legítima que otra, sino porque sostener una práctica produce un conocimiento particular: el que aparece al maquillar el mismo rostro cientos de veces, equivocarse, subir a escenarios, ser deseado, no ser reconocido como drag, construir números, discutir, formar comunidad y seguir haciéndolo cuando el escenario termina.
Por eso decidí escolarizar también ese conocimiento. Diez años después de aquella tarde frente al espejo, Gabriel entró conmigo a una maestría en Estudios de Género. Ahora una parte de mi investigación consiste en preguntarme qué ha sabido este cuerpo durante todos estos años y cómo puede producir memoria y conocimiento desde la práctica.
La contradicción es que investigar la escena exige tiempo que podría utilizar para estar en ella. Me preocupa convertirme en quien registra mientras otras personas hacen. Todavía estoy tratando de resolver cómo investigar una práctica sin dejar de practicarla.

Tampoco he resuelto del todo qué es Gabriel. No sé si es un personaje, un alter ego o simplemente otra manera de habitarme. Sí sé que en drag aprendí a caminar más erguida, a sentirme segura ante las miradas y a ocupar espacios que antes me intimidaban. Con el tiempo decidí que esa seguridad y ese arrojo no tenían por qué quedarse en el escenario. Me los quedé para la vida cotidiana.
Si pusiera una fotografía de Gabriel en 2016 junto a una de 2026, encontraría un maquillaje más pulido, pero reconocería la misma tranquilidad. La misma sensación de síntesis. Le diría a aquel primer Gabriel que confíe en su intuición. Que alguna vez va a pensar en dejarlo, pero que no lo haga. Que sus sospechas frente al espejo eran ciertas: estaba encontrando un camino que iba a transformar su vida.
No puedo decir que Gabriel me haya creado. Tampoco que después de diez años yo siga siendo simplemente su creadora. Gabriel me ha complementado. Soy quien soy también por las puertas que abrió y por las preguntas que me permitió hacer.
Nancy puede quitarse el personaje de Gabriel. Gabriel no puede huir de Nancy.
Meu reflexo me disse seu nome: cartografia de dez anos com Gabriel Drag King
Nancy Cornejo Cázares (Gabriel Drag King)
A primeira vez que me maquiei como drag king, eu estava sozinha em casa. Era 27 de outubro de 2016, um dia depois do meu aniversário. Peguei a maquiagem da minha irmã, procurei tutoriais no YouTube para masculinizar o rosto e comecei a desenhar uma barba.

Naquela época, eu praticava voguing na House of Drag. Já tinha visto minhas companheiras se maquiarem e se vestirem inúmeras vezes, mas eu ocupava outro lugar: era “a viadinha que ajuda”, a pessoa que dá assistência durante o show. No ballroom, eu participava de American Runway, uma categoria de passarela masculina.
Meu irmão Alex, um homem trans, foi quem me falou sobre drag king pela primeira vez. Eu atravessava minhas próprias questões. Durante boa parte da minha vida, senti a feminilidade como uma prova na qual eu sempre era reprovada. Sofri deboches, me chamaram de “machorra”, “homem”. A House of Drag me deu confiança e ferramentas para experimentar com a minha aparência. Eu ainda não pensava em me apresentar diante de um público. Queria saber como eu ficaria.
Segui os tutoriais. Alguns eram de drag king; outros ensinavam técnicas para conseguir passing. Não encontrei referências mexicanas nem latino-americanas. Quando terminei, olhei para o espelho e soube meu nome. Gabriel. Nunca considerei outro. Foi como se uma parte de mim que eu ainda não tinha visto devolvesse o meu olhar e se apresentasse junto comigo.
No começo, Gabriel era simplesmente eu no masculino. Cheguei a pensar que ele seria mudo. Eu estava enganada.
Minha primeira aparição pública foi em uma festa ballroom. Participei de uma batalha de voguing. Não pensava no que o público veria, mas em como eu me sentia: eu me sentia bonito. Quando minha mãe me viu como Gabriel, sorriu e disse que eu parecia com meu pai.

Fazer drag king não fez com que eu começasse a observar as masculinidades. Acho que passei a vida inteira fazendo isso. Eu sabia como os homens caminhavam, como se sentavam, como cumprimentavam. Era um destino que eu já conhecia, um lugar que eu desejava ocupar. Sempre admirei Pedro Infante e aquela masculinidade viril, mas afável, leal e valente.
Nunca me interessou construir Gabriel a partir da agressividade. Eu queria uma masculinidade delicada, elegante, sutil, não violenta e não invasiva. A barba foi fundamental. Durante algum tempo, enfaixei os seios e usei fita adesiva industrial para escondê-los. Depois parei. Algo começou a me parecer absurdo: há homens com seios. Por que os meus teriam que desaparecer para que Gabriel pudesse existir?
Outras coisas foram mais difíceis. Eu não sabia como conviver em público sendo Gabriel. Sentia que esperavam de mim uma energia sexual mais ousada. No palco, eu podia ser altivo, arrogante e seguro. Essa segurança também transformou a maneira como outros corpos olhavam para o meu. A revista Time Out me chamou de “Latin Lover”. Achei cringe, embora também não vá negar que gostava de me sentir atraente.

Eu também não sabia muito bem onde me colocar dentro do drag. Queria pertencer a uma cena, mas muitas vezes o público não reconhecia o que eu fazia como drag. Uma noite, tentei entrar em um bar onde as drags não pagavam cover. Na porta, questionaram se eu era drag ou não.
Com o passar dos anos, descobri que, antes de Gabriel, havia existido o Original Drag King México, um grupo que tinha se apresentado em espaços culturais e universitários e que, àquela altura, já havia desaparecido. Entendi que eu não era o primeiro, embora, quando comecei, não tivesse encontrado essa história.
Se eu tivesse que dizer de onde era o primeiro Gabriel, responderia que ele nasceu cigano. Minhas primeiras referências eram atravessadas pela maneira como eu interpretava meus próprios traços e por personagens como Aladdin. O México chegou depois, de outra maneira.
Em 2019, a polêmica em torno de La Revolución, o Zapata pintado por Fabián Cháirez, me levou a pensar sobre o corpo, a masculinidade e os símbolos da história nacional. Por volta dessa mesma época, conheci a história de Amelio Robles. Surgiram a camisa branca, a calça preta, as cartucheiras e uma masculinidade revolucionária que Gabriel podia habitar, mas também torcer. E aquele personagem que eu tinha imaginado mudo começou a falar.

Com o tempo, alinhei nossos discursos políticos porque entendi que Gabriel tinha uma projeção pública que eu podia utilizar para dizer coisas que eram importantes para mim. Mas também aconteceu o movimento contrário: aquilo que eu aprendia fazendo drag começou a produzir perguntas que eu ainda não sabia formular academicamente.
Durante anos, vi pesquisadoras chegarem aos espaços drag para nos observar, nos entrevistar e produzir conhecimento sobre nossas práticas. Comecei a sentir incômodo. Não porque eu ache que somente quem faz drag possa estudá-lo, mas porque muitas vezes eu não reconhecia minha experiência nas definições que encontrava. Sentia que o drag king podia se transformar no exemplo que confirmava uma teoria prévia sobre a masculinidade, enquanto nós, que sustentávamos a prática, ficávamos no lugar de fornecer a experiência para que outra pessoa produzisse conhecimento. Senti a necessidade de dar a minha versão.
Para mim, existe uma diferença entre colocar um bigode uma vez e sustentar uma prática drag king durante anos. Não porque uma experiência seja mais legítima do que outra, mas porque sustentar uma prática produz um conhecimento particular: aquele que surge ao maquiar o mesmo rosto centenas de vezes, errar, subir aos palcos, ser desejado, não ser reconhecido como drag, criar números, discutir, construir comunidade e continuar fazendo isso quando o espetáculo termina.
Por isso, decidi também escolarizar esse conhecimento. Dez anos depois daquela tarde diante do espelho, Gabriel entrou comigo em um mestrado em Estudos de Gênero. Agora, uma parte da minha pesquisa consiste em me perguntar o que este corpo soube ao longo de todos esses anos e como ele pode produzir memória e conhecimento a partir da prática.
A contradição é que pesquisar a cena exige um tempo que eu poderia usar para estar nela. Preocupa-me me transformar em quem registra enquanto outras pessoas fazem. Ainda estou tentando descobrir como pesquisar uma prática sem deixar de praticá-la.

Também não resolvi completamente o que Gabriel é. Não sei se é um personagem, um alter ego ou simplesmente outra maneira de me habitar. Sei que, em drag, aprendi a caminhar mais ereta, a me sentir segura diante dos olhares e a ocupar espaços que antes me intimidavam. Com o tempo, decidi que essa segurança e essa ousadia não precisavam ficar no palco. Levei-as comigo para a vida cotidiana.
Se eu colocasse uma fotografia de Gabriel em 2016 ao lado de uma de 2026, encontraria uma maquiagem mais refinada, mas reconheceria a mesma tranquilidade. A mesma sensação de síntese. Eu diria àquele primeiro Gabriel que confiasse em sua intuição. Que um dia ele pensaria em desistir, mas que não desistisse. Que suas suspeitas diante do espelho estavam certas: ele estava encontrando um caminho que transformaria sua vida.
Não posso dizer que Gabriel tenha me criado. Tampouco que, depois de dez anos, eu continue sendo simplesmente sua criadora. Gabriel me complementou. Sou quem sou também pelas portas que ele abriu e pelas perguntas que me permitiu fazer.
Nancy pode tirar o personagem de Gabriel. Gabriel não pode fugir de Nancy.
