Octavio Humberto Moreno Velador (BUAP)* 

A partir de los años ochenta se impulsó en América Latina una serie de reformas políticas y económicas que configuraron una forma de Estado que hemos denominado Neoliberal-Procedimental. Las reformas económicas implantadas acabaron en buena medida con los rasgos que algunos Estados latinoamericanos tuvieron de Estado de Bienestar y de economías protegidas parcialmente ante el libre mercado internacional, además de desgastar los mecanismos estatales de inclusión popular que se construyeron en la segunda mitad del siglo XX[1]. Acompañado de estas reformas, tras la deslegitimación y la presión internacional a las dictaduras, se dio paso a los procesos de transición democrática inspirados en los modelos de democracia procedimental. Una forma de Estado que se implantó exitosamente pero que comenzó a presentar rasgos de su declive y deslegitimación a partir de los últimos años de la década de los ochenta en algunos casos, o bien durante los años noventa, ante el auge de los movimientos sociales y las transformaciones que se presentaron en numerosos Estados latinoamericanos.

Bien fuera en presencia de Estados burocrático-autoritarios, Estados autoritarios o bien en Estados en los que ya había avanzado la agenda de las transiciones a la democracia, se impuso el modelo neoliberal. Un modelo que estaba en buena medida orientado a fortalecer la influencia política y económica de los poderes transnacionales en asociación con poderes político-económicos locales, posibilitado por la desregulación económica que alentó la apertura de los mercados comerciales latinoamericanos a favor de capitales foráneos. Los Estados perdieron capacidad reguladora ante el mercado y redujeron buena parte del gasto público en políticas sociales. Además de que se generalizó el endeudamiento de los Estados ante instituciones como el FMI y el BM, ante lo cual se asumió como una solución la privatización de empresas de capital estatal bajo el falso argumento de que con su venta podría solventarse la deuda adquirida. Se partía del supuesto de que en una economía sana era indispensable el eliminar al máximo los gastos que implicaba el mantener un Estado con una institucionalidad fuerte y de alcance universal para su población. La implantación del modelo se vendió como una serie de “reformas”[2] indispensables para “solucionar el problema de la inflación y de las cuentas públicas” (Sader, 2009: 67).

Este modelo intentó justificarse mediante un ataque doctrinario sistemático al Estado, definiéndolo como “una instancia insanablemente corrupta, ineficiente en lo económico, y plagada de propensiones populistas y demagógicas que era necesario erradicar” (Borón, 2003b: 21). El bloque de actores económicos y políticos interesados en llevar adelante las “reformas” gozaron del apoyo de instituciones internacionales como el FMI y el BM, así como del apoyo de los medios de comunicación del ámbito privado y aquellas fuentes de información estatales que controlaban (Petras y Veltmeyer, 2006). Y justamente a través de estos medios se celebró premeditadamente el gran logro que significaría la implantación del nuevo modelo en aspectos como: estabilidad financiera, saneamiento de las finanzas públicas y el inicio de un supuesto nuevo ciclo de modernización y expansión de la economía (Sader, 2009: 68).

En términos de correlación de fuerzas políticas, estas medidas fueron diseñadas premeditadamente para favorecer a actores económicos y políticos muy concretos, ya que permitieron una gran transferencia de capital público al capital privado nacional o internacional, alentando la formación de monopolios en diversos sectores[3]. Es debido a estos aspectos que un autor como David Harvey ha sugerido que el neoliberalismo se debe entender abiertamente como una política de dominación de clase (2007).

El Estado Neoliberal-Procedimental se construyó como un modelo de organización política, económica y social en los Estados de América Latina, acompañado de toda una justificación de índole ideológica que buscó legitimar a ojos de las sociedades latinoamericanas la pertinencia de adoptar dicho modelo. En este sentido bien se puede decir que este no fue únicamente un conjunto de políticas económicas sino “una concepción del mundo que abarca una visión del Estado, de la política, de la economía, de la globalización, del consumo, de la ética, y hasta del éxito o fracaso personal” (Figueroa, 2010: 21).

El modelo se presentó como un proyecto ideológico con alcances hegemónicos, una forma estatal que impuso “un modo particular de compromiso entre gobernantes y gobernados”, y que iba más allá de ser una mera forma de acumulación económica, sino más bien una forma entera de comprender al mundo a través de “formas específicas con que la mediación entre economía, política (y sociedad) es constituida” (Portantiero, 1981: 47). A través del concepto de hegemonía, se busca comprender cómo los actores concretos y la organización del mundo político, económico y social en general, poseen bases ideológicas que le dan sentido a su actividad. Siguiendo el postulado marxista acerca de que “las ideas dominantes son las ideas de las clases dominantes” consideramos que estas “son dominantes porque corresponden a un sistema de producción y de reproducción de las condiciones materiales de existencia, de las que esas ideas son el correspondiente en el plano de la subjetividad” (Sader, 2008: 215). Basta recordar que después de 1990 el pensamiento neoliberal intentó erigirse como pensamiento único. Su expresión más clara la podemos encontrar en la declaración triunfalista de Francis Fukuyama sobre un supuesto “fin de la historia” en el que los destinos finales de la historia humana estarían en la economía de mercado y la democracia liberal (Fukuyama, 1992; Chomsky y Ramonet, 1996: 59).

La ideología del neoliberalismo se propagó promoviendo un tipo de “utopía” en la que se exaltan las “virtudes abstractas de los mercados, de los premios a los más aptos, de la competitividad, de la eficiencia y de las ganancias, de los derechos de propiedad, de la libertad de contratación” (Ibarra, 2009: 13). En la que se critica la intervención estatal y política, y se coloca en la cima de la organización social al mercado, como eficiente asignador de recursos, carente de sesgos, eficiente y capaz de crear un sistema social óptimo. Esta ideología se divulgó a través de los saberes técnicos y científicos enseñados en los centros de educación técnicos profesionales y universitarios, incluyendo aquellas áreas en las que se imparten conocimientos asociados a las tareas de gobierno y administración pública que asumen la actividad política estatal como un terreno puramente técnico, necesariamente lejano de “ideologías” de cualquier índole y cercano al pensamiento empresarial. Propuesto “como única alternativa posible de superación del deterioro social, opción racional y no populista para asegurar en tránsito a sociedades modernas” (Sosa, 2011: 328), difundido en los grandes agregados sociales a través de los mass-media, fomentando identidades y valores “vinculados a la competitividad, el desempeño y los resultados individuales para cuyo cumplimiento siempre hay un estímulo económico” (Ornelas, 2011: 348). Una perspectiva que aspira “a la mercantilización sin límites de la vida social (…) que busca destacar los elementos de ‘libertad’, de ‘iniciativa individual’, de destino diferenciado de cada uno, de eficacia. Se parte de la idea de que los recursos, las posibilidades, los empleos, los espacios en el mercado son ilimitados, y de esa forma le compete a cada uno buscar su lugar, sus medios de sobrevivencia, que por definición se obtienen a costa de los otros” (Sader, 2008: 223).

Todas estas son expresiones de una ideología que llegó a erigirse como sentido común de índole hegemónico en buena parte de las sociedades en las que ha estado presente. Sin embargo, el éxito hegemónico absoluto del neoliberalismo resultó temporalmente muy limitado. Si bien durante su reinado pretendió no tener rival y se atrevió a proyectarse hacia el futuro como una larga etapa de prosperidad, orden y crecimiento, numerosos acontecimientos históricos a partir de la década de los noventa y en la primera década del siglo XXI, han mostrado que históricamente este no pasará de ser un muy breve lapso en la historia de las formas estatales y civilizaciones humanas.

Como proyecto económico el neoliberalismo prometió que bajo su reinado el crecimiento de las economías sería constante. Este fue un punto primordial en su justificación, en vistas de la existencia de crisis económica en los Estados de bienestar (o con parcial proteccionismo económico) y de la crisis económica internacional de los años ochenta. Esta última había sumido a numerosas economías latinoamericanas en la inflación y el bajo crecimiento. Sin embargo, el crecimiento económico se mostró como mediocre en más de quince años de su funcionamiento, al punto de que la tasa de crecimiento económico promedio no sobrepasó el 4% (Figueroa, 2010). Aunado a este bajo rendimiento las sucesivas crisis financieras, como la de 2008, redujeron fuertemente las expectativas de estabilidad económica bajo la financiarización de la economía a nivel nacional e internacional (Glyn, 2010). El crecimiento per cápita mundial entre 1975 y 2003, cayó en promedio a más de la mitad, a diferencia de la tasa que se presentó entre 1950 y 1975. Aunado a esto, la brecha del atraso entre países del primer mundo y países del tercer mundo se ensanchó dado que mientras los países de la OCDE crecieron a un ritmo promedio anual del 2%, en América Latina se creció apenas al 0.6%, y los países africanos del Subsahara a -0.7% (Madisson, 2003). La precarización del empleo y la contracción de los salarios se volvieron endémicas.

En el caso de América Latina, según la OIT, dos de cada tres empleos creados en la década de los noventa se crearon en la informalidad, de cada 100 nuevos puestos de trabajo, 83 se localizaron en el sector de servicios, y 55% de las nuevas plazas de asalariados carecieron de protección social (OIT, 2000). La riqueza dentro de los Estados latinoamericanos se concentró en los grupos con mayor ingreso dentro de un contexto en el que entre 1990 y 2005 “el producto real por habitante creció poco, a razón de 1.3% anual, pero las remuneraciones de los asalariados se expandieron aún menos, a 0.6% por año” (Ibarra, 2009: 20).

Al cabo de veinte años de dominio de políticas “de desarrollo” neoliberales, tanto en términos de crecimiento como de bienestar social los resultados han sido negativos, con un crecimiento muy débil, con una pobreza que se ha extendido poderosamente, con una creciente desigualdad y una muy marcada vulnerabilidad para buena parte de las poblaciones nacionales. Según cifras de la CEPAL, entre 1950 y 1980 el PIB de América Latina en su conjunto creció un 5.2% en promedio, mientras que entre 1980 y 2003 solo lo hizo en un 2.2%; de igual manera, en términos de crecimiento per cápita, en el primer período fue de 2.6% mientras que en el segundo período fue de 0.3%[4]. Una expresión más de esta situación son las cifras de desempleo en la zona, que a partir de 2003 se elevaron a dos cifras y con un aumento del sector informal que llegó al 47% en 2003, según cifras de la CEPAL[5].

De igual manera, para 2003 había en América Latina 220 millones de pobres, de los cuales 100 millones vivían en pobreza extrema y 57 millones vivían solo con un dólar diario, la distribución del ingreso se deterioró también de manera generalizada, incluidos aquellos países que se tomaron como supuestas muestras del éxito neoliberal, como es el caso de Chile (Pizarro 2005: 127-128). Si bien los gobiernos latinoamericanos entre 1997 y 2002 elevaron los gastos sociales en un 58% per cápita, en este período más de 20 millones de personas cayeron en la pobreza. De igual manera, la deuda pública se incrementó del 37% en 1997 al 51% en 2002 (Dupas, 2005: 94). América Latina se convirtió en la región del planeta con peores indicadores, la década de los noventa puede ser considerada como otra “década pérdida” para la economía latinoamericana.

Los magros resultados económicos y la endeble estabilidad económica le han significado a este proyecto la pérdida de credibilidad y legitimidad ante buena parte de la sociedad en diferentes Estados latinoamericanos. Las condiciones de vida de buena parte de la población sufrieron desde un comienzo los fuertes embates de los ajustes estructurales, los efectos de la precarización laboral, la pérdida de servicios sociales del Estado y la inestabilidad económica provocada por las crisis financieras.

*Octavio Humberto Moreno Velador es profesor-investigador de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México). octaviohmoreno@gmail.com

 

[1] Un acercamiento interesante en lo relativo al tipo y las formas de Estado de Bienestar que se presentaron históricamente en América Latina, además de su paulatina desaparición a partir de los años ochenta, lo podemos encontrar en Del Valle (2010).

[2] Importante es señalar el cambio en el sentido semántico del concepto de “reforma” en el contexto del neoliberalismo. En el que a diferencia de lo que significa en la teoría política tradicional: “cambios graduales en una dirección tendiente hacia una mayor igualdad, bienestar social, y libertad para el conjunto de la población”, en el neoliberalismo pasó a tener un significado totalmente contrario (Borón, 2003a: 19).

[3] A este respecto Petras y Veltmeyer ofrecen un análisis muy detallado del fortalecimiento de los capitales transnacionales en América Latina. Para estos autores este fenómeno debe ser entendido como un nuevo episodio en la historia del imperialismo norteamericano en América Latina (Petras y Veltmeyer, 2006).

[4] CEPAL: Desarrollo productivo en economías abiertas, Santiago, 2004.

[5] CEPAL: Panorama Social 2002-2003, Santiago, 2004.

 

Bibliografía

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