Juan Camilo Arias (UN Medellín)*

Aunque el concepto materialista del Estado derivado del trabajo de Marx (1992a, 1992b, 1975a, 1975b, 1975c, 1975d, 1973) ha sido acusado como una variación del instrumentalismo y el determinismo económico, aproximaciones posteriores a su obra permiten observar que la relación allí instaurada entre las formas económicas, políticas y jurídicas de las sociedades capitalistas es, en efecto, más compleja. Fue justamente esta la tarea que, durante la segunda mitad del siglo XX, ocupó a Poulantzas (1979) en su esfuerzo por completar la teoría materialista del Estado contemplada inicialmente por Marx. Tomando como punto de partida el hecho de que la forma política adecuada en la modernidad se encuentra relacionada con los procesos de producción, expansión y acumulación del capital, Poulantzas (1979) emprendió una crítica a la naturalización del Estado bien como sujeto colectivo trans-histórico o como el instrumento que bajo plena conciencia emplea la clase en el poder. En cambio, lo abordó como el campo estratégico en el que se cristalizan las relaciones de tensión entre las distintas clases y fracciones de clases sociales. Este aporte resultó de crucial importancia para la transición del Estado instrumento a la forma-Estado, que sintetiza parte de los debates sostenidos al interior de la teoría materialista durante la segunda mitad del siglo XX (Archila, 1980).

A propósito, cabe señalar que uno de los antecedentes relevantes respecto al problema del tipo de Estado capitalista y su adecuación formal tuvo como escenario la New Left Review a partir de finales de 1960 (Jessop, 2007). El debate Miliband-Poulantzas (Tarcus, 1991) logró captar la atención del público al poner en evidencia la dificultad de hallar una definición unívoca del Estado en la obra de Marx. Para Miliband (1973, 1970, 1969), si bien los aportes conceptuales de este último resultaban de gran trascendencia para el análisis socioeconómico, sus contribuciones teóricas a la hora de observar la forma específica adoptada por el Estado en las sociedades capitalistas resultaban insuficientes, razón por la cual era necesario dirigir la atención a herederos de su obra como Lenin o Gramsci (Barrow, 2000; Jessop, 2007). Asimismo, los trabajos de Marx en los cuales se hacía posible observar con mayor claridad los indicios de una perspectiva materialista del Estado, serían para Miliband sus análisis políticos e históricos, tales como El Manifiesto del Partido Comunista o El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (Marx & Engels, 1975c, 1975d), donde se mostraba al Estado como el instrumento a través del cual la burguesía hizo prevalecer sus intereses particulares a expensas de las demás clases sociales (Solo, 1978; Barrow, 2000).

Para Miliband, más que una teoría general del Estado capitalista era necesario profundizar en análisis empíricos e históricos que le brindaran un contenido concreto a las tesis enunciadas por Marx en los trabajos previamente señalados, poniendo en evidencia que el Estado era en sus distintas manifestaciones un órgano diseñado por la burguesía con el fin de asegurar su predominio ante las demás clases sociales (Laclau, 1991). Con lo anterior, se acercaba a miradas ortodoxas del marxismo, donde el Estado es concebido como la “agencia de la clase dominante” o “el comité ejecutivo de la burguesía” que, una vez capturado, podría servir como el instrumento esencial para la transformación social y la planificación de la economía (Solo, 1978: 829). El Estado capitalista, en consecuencia, sería visto como un sistema de poder cuyo papel en la reproducción del capital resultaba crucial, al permitir que la burguesía impusiera sus reglas e intereses específicos por encima de los de otras clases sociales.

Por su parte, Poulantzas (1991a, 1991b) objetó los argumentos de Miliband desde el momento mismo en que este tomó como principal referente para su teoría materialista del Estado el Manifiesto (Marx & Engels, 1975c). En cambio, sostuvo que más allá de este texto publicado por vez primera en una coyuntura de intensas luchas sociales, El Capital (Marx, 1973) permitía abordar, pese a sus lagunas en la materia (Barrow, 2000; Heinrich, 2004), un concepto más elaborado del Estado moderno y, por consiguiente, concebirlo desde una perspectiva sistémica y no como un mero instrumento de clase. En otros términos, reducir el Estado a un simple instrumento de dominación era perder de vista un aspecto mucho más complejo de su funcionamiento, asociado con la conformación histórica del mismo y que, en palabras de Pashukanis (1980), hacía difícil comprender por qué en lugar de simplemente haber capturado al Estado monárquico, la burguesía adecuó formalmente un nuevo tipo de organización política caracterizado por su abstracción del resto de la sociedad.

La separación formal entre el Estado y la sociedad a la cual aludió Marx (1992) como el principal rasgo del Estado moderno, fue retomada por Poulantzas para efectos de señalar que si bien el Estado cuenta con un aparato represivo que permite a una clase social predominar sobre las demás, su funcionamiento sistémico imposibilita que sea usado como una herramienta a total disposición de la agencia en el poder. En este contexto surgió la “autonomía relativa” del Estado como uno de los principales tópicos del debate, el cual se sostendría más allá de Poulantzas y Miliband entre las décadas de 1970 y 1980, para estimular nuevas formas de pensar el problema, diferentes a los enfoques instrumentalistas e institucionalistas dominantes en los estudios políticos de la época (Panitch, 1999). Con dicho término, Poulantzas buscó hacer referencia a los constreñimientos que pesan sobre los funcionarios estatales a la hora de perseguir políticas o intereses inmediatos que puedan entrar en conflicto con intereses económicos y políticos de largo plazo, esenciales para la reproducción del sistema (Jessop, 2007). O, en palabras de Laclau (1991), Poulantzas tomaba distancia de enfoques tradicionales del marxismo para emprender un recorrido hacia lo específico del poder político.

Esta reflexión fue un peldaño importante a la hora de concebir al Estado no como una institución o prótesis que responde a la voluntad de quien la opera sino más bien, al igual que el capital, como una relación social. Más precisamente, como la cristalización de las relaciones establecidas entre las clases sociales y sus fracciones en el modo de producción capitalista (Poulanzas, 1979). De allí su carácter conflictivo, su lógica signada por la contradicción interna y la autonomía relativa de las elites económicas dominantes en determinado momento, las cuales no podrían generar transformaciones que comprometieran el funcionamiento del capitalismo a largo plazo sin precipitar condiciones favorables a la crisis (Jessop, 2015). Sin embargo, pese al alcance internacional de la polémica, ni Miliband ni Poulantzas llegaron en su momento a este punto y mucho menos a un acuerdo. De hecho, solo posteriormente este último emprendería un trabajo de mayor aliento para “completar” la teoría materialista del Estado (Poulantzas, 1979). En otros términos, ni el instrumentalismo de Miliband ni el estructuralismo althusseriano que para la época impulsaba a Poulantzas, demostraron ser suficientes para comprender la complejidad del Estado capitalista e ir más allá de las categorías burguesas que tendían a naturalizarlo. El debate, de hecho, dio la impresión de no tener el mismo objeto en los contrincantes, pues mientras que Miliband se enfocaba en el análisis del Estado en las distintas formaciones sociales, Poulantzas albergaba una pretensión más abstracta con el fin de llegar a comprender el tipo de Estado capitalista. Debido a esto, el debate ha sido catalogado como un diálogo de sordos (Jessop, 2007)

No obstante, como se mencionó anteriormente, la pregunta atinente a la forma adoptada por el Estado en el capitalismo siguió presente en las reflexiones de Poulantzas (1979). En términos generales, lo que podría denominarse como el gran aporte poulantziano a las formas contemporáneas de comprender el Estado, consistió en trascender el estructuralismo y el instrumentalismo dominantes en la tradición marxista y abrir una alternativa a los enfoques funcionalistas de inspiración weberiana. El Estado capitalista no sería visto como un instrumento o sujeto trans-histórico cuya unidad se encuentra plenamente garantizada. Tampoco el resultado de la acción racional de los sujetos. Más bien se trataría de un campo estratégico en el cual se despliegan selectividades estructurales, resultado de las tensiones entre todas las clases sociales que componen a determinada formación social (Poulantzas, 1979).

Si bien el economicismo y el estructuralismo de herencia althusseriana era todavía influyente a comienzos de los años 1970, los enfoques y conceptos que se construyeron a partir del trabajo de Poulantzas apuntaron más bien a pensar al Estado como un momento de la totalidad de las relaciones sociales del capitalismo y no como un sujeto/instrumento reificado (Holloway, 1993). Por consiguiente, más que como una institución, el Estado capitalista sería visto como una forma social cristalizada que, al tiempo que afecta, es afectada por las relaciones necesarias para la reproducción ampliada del capital (Hirsch & Kannankulam, 2011). Lo anterior sugiere que, desde enfoques recientes de esta tradición de la teoría política, no es posible comprender las transformaciones que ha presentado la forma-Estado a partir de las últimas décadas del siglo XX sin comprender, a su vez, los cambios que han tenido lugar en las relaciones sociales que dan sustento a los regímenes de acumulación y producción del capitalismo a nivel global (Hirsch, 2005; Holloway, 1993; Jessop, 2015). Esto implica tomar distancia del réquiem prematuro a las formas de dominación capitalista en un escenario de mercados autorregulados, para interrogar más bien cómo se refractan y condensan las relaciones entre clases sociales en la conformación selectiva de los Estados internacionalizados.

*Juan Camilo Arias es Doctorante en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Colombia, Medellín. jcariasm1@gmail.com

 

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