Por Nicolás Gómez Núñez*
El constituyente salió a las calles el décimo mes, del último año, de la primera década del siglo XXI; abriendo una alborada en las calles de cada capital regional, las cuales se colmaron del repique de los ritmos de la percusión sobre tarros, ollas, sartenes y otros utensilios de cocina que ya no guardan la misma forma al cabo de los días.
El alzamiento popular es de tal cantidad y diversidad que la noción de movimiento social no abarca sus expresiones, parece mejor la figura de sociedad en movimiento. Antes de seguir le advierto al lector o a la lectora, que no haré anotaciones de los creadores de las interpretaciones que voy a usar, el tiempo va rápido y prefiero la crónica como soporte antes que el artículo académico para este reporte; pero usted sabrá quién es el propietario de la expresión usada o en otra oportunidad declararé esas autorías. También agrego que me ha resultado útil escuchar menos televisión abierta chilena para conocer los sucesos, me ha sido enriquecedor caminar codo a codo en nubes de gas lacrimógeno en las calles del barrio, debido a que la televisión abierta buscó traducir la manifestación como si fuera un arrebato de personas con humor descompensado. Ahí alguien dijo: “sabíamos que había desigualdad, pero no sabíamos que les molestaba tanto”. Por lo cual, la forma de hacer televisión, doctrinaria en mi interpretación, promovió la metáfora de que estábamos ante un cuerpo enfermo al cual se le debía aplicar un medicamento para volverlo al orden, y así cada periodista a su manera fue en busca del experto en política, economía, seguridad, psicología, medicina y de un cuanto hay, para asistir en ayuda de ese espejismo.

Fuente: Susana Hidalgo
En un recorrido por este alzamiento popular de principio del siglo XXI, se reconocen tres niveles donde es factible desarrollar interpretaciones dada la cantidad de datos disponibles, aun más, ni siquiera habría que salir de la internet para ordenarlos y así emitir una opinión informada. En esta oportunidad solamente ampliaremos el último ámbito. El primer nivel está relacionado con el desempeño de los partidos políticos de izquierda en una matriz sociopolítica caracterizada por una dinámica centrípeta, o sea, estos instrumentos de representación se movieron hacia el centro y así reprodujeron un consenso activo que los alejó de promover una idea de estado atado a la agenda pública. Aquí hay varios asuntos sobreseídos por los acuerdos entre élites pero hoy reivindicados por el constituyente, por ejemplo, las violaciones a los derechos humanos, la “deuda histórica” de los profesores y los niños y jóvenes del SENAME.
El segundo nivel se refiere a los desacoplamientos de las esferas de vidas cotidianas que se fueron alejando a medida que hubo crecimiento con desigualdad distributiva, lo cual se puede explicar por las barricadas que evitan la sindicalización y la negociación por sector productivo, y, especialmente, porque en los últimos treinta años el estado ha jugado a favor de la colonización de la reproducción de la vida, transformando en mercancía los derechos humanos y los bienes comunes. Aquí la aberración es notable cuando los glaciares han perdido el color blanco intenso por la intervención recibida desde la compañía minera Nevada S.A., filial de Barrick Gold, y el congreso de la república de Chile privatiza la soberanía gracias a la ley de pesca Longeira. Por su parte, el alejamiento de los dueños de las inversiones creó las condiciones para que ese mundo de la vida estuviera más allá de la justicia ordinaria, ya sea penal o tributaria por ejemplo, y así se fijó un Chile que enarbola al cóndor y un conjunto abigarrado de comunidades cuyos blasones cargan al huemul.
El tercer nivel de análisis se refiere a la progresiva pérdida de la capacidad performativa del neoliberalismo, gracias a varias prácticas colectivas que fueron deconstruyendo su papel en la articulación del sentido común y debilitando su fuerza de producción simbólica. Así trastabilló como eje ordenador de la visión de mundo, la misma que encarna cada vez que se dice: la sociedad chilena. En particular, dejó de ser un argumento estructurante de la totalidad histórica-social, cerrando sus treinta años de hegemonía.
¿Qué fue cambiando y desde dónde se está transformando el sentido común? El recorrido por los temas ordinarios en el alzamiento popular nos lleva a definir el uso de la palabra crisis mirando su referente empírico, es decir, se trata de un progresivo abandono de las lealtades que se habían brindado a las maneras de producir, consumir y distribuir bienes y servicios. No es, aun, la perdida de legitimidad del capitalismo, sino que ha quedado en jaque un mundo de vida cuyo desacoplamiento le ha permitido a sus habitantes, a los ciudadanos de primera clase que clavaron la rueda de la fortuna, evadir los miedos de la inconsistencia posicional.
Por su parte, desde abajo y en relaciones societarias abigarradas, la deconstrucción del neoliberalismo ha sido hecha en sus dramáticos efectos prácticos en las vidas hiperindividualistas; nos referimos a una buena cantidad de personas, los inasibles sectores medios, que daban muestra de fe en el modelo, en el de las AFP, en el de las farmacias, en el de la educación, en el de las clínicas, en síntesis, en el modelo privado egoísta que sí y siempre sí, administra mejor que el estado, como pregona el partido Unión Demócrata Independiente (UDI); más aun, el aumento de sus deudas vía créditos podía interpretarse como un cierto agradecimiento por ser, al fin y al cabo, parte del capitalismo democrático que los sacaba de una buena vez de ese calor-sudoroso-húmedo que levanta la palabra pueblo. Siguiendo este razonamiento, no podía ser extraño ver que se abandonaran en calidad de clientes de una ISAPRE, de un supermercado, de una agencia de viajes para disfrutar el todo incluido o les bastara las urnas para una ciudadanía esporádica y circunscrita. También es justo incorporar esta variable a la descripción de estos treinta años, porque también nos introduce en esas destrezas desarrolladas para agenciar los dispositivos del silencio cómplice cuando el vecino caía en desgracia: Claudia López, Macarena Valdés, Daniel Menco, Cristián Varela, Sergio Calderón, Norman Vargas, Zenón Días, Johnny Catrileo, Matías Catrileo, Jorge Suárez, Julio Huentecura, Juan Collihuin, José Mendosa, Rodrigo Cisternas, Alex Lemun, Camilo Catrillanca. Pero, finalmente, la pildora del ansiolítico no impidió que a todos nos alcanzara la precariedad de este modelo económico devenido en democracia neoliberal.

Fuente: Nicolás Gómez
Desde abajo y en relaciones societarias abigarradas, la deconstrucción del neoliberalismo también ha ido de la mano de una transformación en los mercados de trabajo locales y comunales, las asociaciones libres y fraternales han sido como agujas que hilvanan las economías en la comunidad, la ausencia de patrón de intercambio ha dado pié para la producción de bienes de consumo inmediato distribuidos mediante cadenas cortas territorializadas. Ahí se despliega el trafkintu, la asamblea y el ágora, ahí concurren las cuidadoras de semillas, editoriales independientes, cooperativas de trabajo y consumo, farmacias populares, bancos solidarios, cachureros, coleros, ferianos, músicos, el turismo de base comunitaria, mujeres contra la violencia doméstica, clubes deportivos, colectivos de arte y así, suma y sigue.
A esta altura, la pluriactividad es una tradición en esta parte del mundo, no importa si se es mapuche, colla, chileno, venezolano, peruano, boliviano, panameño o haitiano, trabajar en dos o tres labores, más aun si se es mujer al cuidado de los niños, permiten tener dinero, esparcimiento, educación, cuidado, arte, amistad, incidencia, cariño, dignidad, reflexión, terapia, amores. Y en momentos como los que vivimos, queda en evidencia que bajo el mercado a salariado suceden otras economías cuyos ejes son el factor trabajo y una lógica comunitaria.
Historiadores de las economías como Braudel o Polanyi, aconsejarían considerar que el capitalismo desenfrenado se adapta a las cualidades de los mercados locales y no puede existir sin ellos; o, según el enunciado de cobertura legal: el valor de intercambio de las mercancías está basado en el valor de uso que las cosas adoptan en la vida material. Nunca al revés. Y como se ha demostrado, su capacidad para instalar sentido común legitima la ausencia de competencia y focaliza el lugar donde debe acontecer la división del trabajo, para lo cual, despliega una tecnología social articulada por la oferta-demanda-precio, donde las interacciones favorecen el compromiso breve entre las personas, la despolitización de los contenidos de las interacciones y el cálculo utilitario del agente egoísta.
En consecuencia, en pleno alzamiento popular hemos aprendido que hay un mundo desacoplado que no experimenta procesos de secularización, por el contrario, en modo holding su existencia está atada al clan del “home” o “family office”. Pero esta condición no explica la forma concéntrica del modelo económico chileno, dicha manifestación se debe mas bien a la capacidad para arrebatar bienes comunes e ingresarlos como herencias intercambiables entre clanes, ó, gracias a que han construido mercados donde impusieron la necesidad de que sean ellos los intermediarios entre los productores y los consumidores. Por ejemplo, cuando las asociaciones gremiales han liquidado la competencia gracias a una planificación central de precios, góndolas y consumidores, en los sectores de alimentos (CORPESCA, AGROSUPER/Aristía/DonPollo), salud (Farmacias Salco, Brand, Cruz Verde y Ahumada; encaje vertical entre las ISAPRES y los servicios de salud), limpieza (CMPC y SCA), medios de comunicación, agua y explotación minera (SQM- partidos políticos).
En este tiempo que corre y según estas notas, lo que está en crisis es la fuente de legitimidad de la ética utilitaria basada en el egoísmo hedonista; y lo que ha emergido como un despertar, ha sido el sentido de comunidad, el Nosotros, que al igual que la alternativa hoy en descrédito, puede ser cultivado en escenarios apropiados. Por ejemplo, en ágoras articuladas sobre circuitos cortos de comercialización que fomentan un capitalismo transparente según la información que circula, donde el rumbo de las interacciones son previsibles y las ganancias son justas o mesuradas.
Y dado que el ágora es un espacio geopolítico irregular al no ser ni medio social urbano ni rural, permite atraer a los que reciclan los desechos de la ciudad, incorpora los nuevos productos de uso cotidiano y acogen a los que fabrican preparaciones culinarias, por lo cual, en este espacio societario se alimenta el trabajador, participa el inmigrante despojado de su red de inclusión y la gente realiza el esparcimiento.
Una segunda alternativa son las redes de autodependencias sostenidas en procesos de participación en las decisiones, donde se busca la distribución de los resultados del obrar colectivo y se amplía la tolerancia para incluir las identidades. Entonces, es factible reconocer un ser-en-común económico que reconstruye las confianzas que dan sustentabilidad sistémica a las instituciones comunitarias, al mismo tiempo que desalientan el regateo y las prácticas del corredor libre: hedonista y utilitario.
Al finalizar hago una breve mención a la lógica comunitaria que he visto en el alzamiento popular, las personas que han experimentado la acción colectiva o nuestra sociedad en movimiento, han tocado un espacio simbólico que es otro privado y otro público, y que se traduce en sus biografías como el ámbito único de la reciprocidad, de la solidaridad, de la democracia y de sus libertades. Es un espacio simbólico que pone en tensión el sentido común neoliberal porque es un privado imaginado no capitalista o, al menos, no mercantil; pero privado al fin del día.
*Nicolás Gómez Núñez, sociólogo, académico de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central de Chile. sociologonicolasgomez@gmail.com